¿Eliminaremos, algún día, la seducción perversa que el gasto público ejerce en nosotros?

En otros países vieron el gasto público como lo que realmente es.

La revisión de procesos exitosos de apertura económica y modernización política de varios países, nos permitiría constatar varias cosas; primero, la solución —total o parcial— de problemas ancestrales como la pobreza, la marginación, la insalubridad y la desnutrición y también, del analfabetismo y los bajísimos niveles de educación y escasa calificación de sus habitantes.

Segundo, elemento no menor en este proceso, la clase política en cada uno de esos países maduró lo suficiente para entender las causas de muchos de sus problemas, y desarrollar las soluciones adecuadas. Uno de estos problemas fue la visión errónea que le asigna al gasto público, capacidades y virtudes que no tiene.

Por el contrario, lejos de aferrarse a privilegiar el gasto como la herramienta todopoderosa en esto del desarrollo y el crecimiento económico, lo vieron como lo que en verdad es, uno más de los elementos que contribuyen junto con otros, a estimular y facilitar la inversión y creación de empleos.

Lo anterior los llevó, en un proceso de adecuación permanente a las nuevas tendencias que la globalidad impulsaba y hacía viables, a privilegiar la competencia y la eliminación de obstáculos a la inversión privada, así como darle un papel relevante a la iniciativa individual y la libertad económica.

Todo ello, coronado con la formación en sus habitantes, de una cultura de respeto a la legalidad y la vigencia plena del Estado de derecho.

Esto, que se dice fácil, es la vía más rápida para elevar la calidad de vida de la población de un país, y generar empleos mejor remunerados. Decenas de países en el mundo —con diversos grados de éxito en su proceso de modernización económica y política—, han demostrado que se puede construir el mejor de los futuros para todos.

En esta visión y su puesta en práctica, como ya dije, el gasto público es un elemento entre otros y debe decirse, además, que no es el de más peso. De ahí que en pocos años, a medida que la inversión fluía, la competencia en los mercados se intensificaba y la legalidad se arraigaba, el gasto perdía peso específico.

Muy posiblemente, no tengo duda de ello, el proceso resumido en los párrafos anteriores nada nuevo le dice a usted; sin embargo, el que le sea conocido, en modo alguno implica que sea incorrecto. La pregunta entonces, surge obligada; ¿por qué hay países que ante la evidencia aplastante a favor de aquel proceso, su clase política se niega —sistemática y permanentemente—, a ponerlo en práctica? Uno de esos países, es México.

Una razón —la obvia—, es la profunda y arraigada corrupción que priva entre nosotros; ésta, ha otorgado durante años, privilegios sinfín a un grupo reducido de políticos los cuales, dadas sus posiciones de poder, impiden aquel proceso que nos llevaría a la modernización plena, tanto la económica como la política.

Por otra parte, ¿es la corrupción la única razón? ¿Tan simple es la cuestión? No lo creo, o al menos me niego a admitirlo; pienso que la explicación es más compleja, y va más allá de la corrupción. Es más, podría tener que ver con la relación perversa entre gobernantes y gobernados donde éstos, dependientes de aquéllos debido a dádivas, subsidios y favores, están “contentos” con dicho arreglo.

Ante la duda, lo invito a pensar en aquello que me parece central en esto de las virtudes inventadas del gasto público: ¿Por qué lo adoramos, y asignamos capacidades que no tiene?

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