El hombre pájaro
Obseso, Ícaro emplumado se levanta, asciende, cruza lo prohibido, cae y muere.
Un foco empotrado en el marco gigantesco con forma de ave empieza a parpadear al son de una alarma chillona. Un suspiro y la pantalla central se enciende. Aparece un hombre con parche en el ojo izquierdo, fumando pipa. Es Halcón 7. Sin preámbulo, informa sobre las fechorías de algún enemigo de la paz, como el constrictor, el ladrón de cerebros o la mujer pájaro. Apenas termina la notificación, se abre la cúpula cristalina que cierra la boca del volcán y salen dos seres voladores al grito de “¡Biiiiirdman!”, seguido por un potente graznido, agudo como aguja. Son Birdman y Vengador —la gran águila morada—, quienes salen por el agujero inalcanzable.
Después de un par de años, la pareja se cansa de luchar contra infinidad de malhechores y decide retirarse a un trabajo de oficina. Harvey Birdman estudia leyes y dedica su vida a defender a otros superhéroes contra problemas legales, entre los cuales se encuentra Scooby Doo, por exceso con las drogas. Sus poderes, rayos solares y escudo de fuerza son inútiles en un juzgado. Vengador ordena y almacena documentos. Así termina la vida del dueto de paladines. Cambiando justicia por vericuetos legales, acaban ambos por asfixiarse. Ni volar les aligera la modorra del mundo artificial.
El primer grupo que admiró los continentes y los mares desde las alturas fue el de los insectos. Nacía el periodo Carbonífero, hace 360 millones de años (MA), cuando algunos individuos lograron levantarse y derrotar a la pegajosa gravedad. Los entomólogos los bautizaron como Pterigota (alados). Al parecer eran similares a las libélulas actuales, sólo que de mayor talla, algunos rebasaron los 75 centímetros de envergadura. Sus alas fueron membranosas y transparentes. Como si las criaturas que permanecían esclavas al suelo envidiaran a aquellos ángeles de seis patas, pronto otros surcaron los aires.
Los segundos en tocar cielo fueron los reptiles de finales del Triásico superior, hace 220 MA, conocidos como pterosaurios (pteros, alas; sauros, reptil). Entre ellos se encuentra el fabuloso Quetzalcoatlus northropi, quien con una envergadura de 12 metros es el ser volador más grande que ha existido. El ala (patagio) era una membrana de piel continua que iba desde el cuarto dedo —muy alargado— hasta los miembros posteriores. Algunos presentaban otra membrana entre las patas. Los animales voladores que montan los na’vi en Avatar (2009), están inspirados en estas bestias.
En contra de lo que uno podría imaginar, dichos gigantes se comportaban como cuadrúpedos ágiles en tierra, las proporciones de sus extremidades recuerdan a las de los caballos y demás ungulados. El impulso volador se contagió a otro grupo de reptiles, los dinosaurios. A diferencia de los anteriores, éstos acortaron sus brazos y utilizaron un revestimiento ligero, aislante y esponjoso, conocido hoy como pluma. Son las aves, quienes llevan volando 150 MA. Los últimos en llegar a la reunión aérea fueron los murciélagos (hace 52 MA). Ellos también vuelan con un ala membranosa de piel surgida de los dedos alargados, de cierta forma, similar a la de los pterosaurios.
El hombre envidia a todos ellos. Tiene celos, ansía recorrer el mundo sin tocar el suelo. Obseso, Ícaro emplumado se levanta, asciende, cruza lo prohibido, cae y muere. Sólo con ortopedia la humanidad ha logrado despegar. Romper la barrera del sonido y posar su esqueleto sobre la Luna no la satisface. Jamás lo hará. La sabiduría de las aves es ligera y silenciosa, repele metales y fuegos. Riggan fracasa en desvelar el acertijo; sin embargo, al escapar, levita mejor mente que cuerpo, quizá allí se esconde la inesperada virtud de la ignorancia.
