Invasión bacteriana en el Metro
Durante 18 meses, numerosos científicos recolectaron suciedad.
Cerca de 4.4 millones de personas utilizan diariamente el Metro de la Ciudad de México. Aparentemente, sólo se trepan humanos, a diferencia del de Moscú o el de París, donde pueden subir perros sin necesidad de comprar su boleto. Los interiores de los vagones lucen limpios, hasta brillan, el roce continuo pule; sin embargo, si tuviésemos vista microscópica, percibiríamos que la realidad es muy diferente.
En una columna anterior, supimos que dentro de nuestros cuerpos, por cada célula humana, se alojan diez bacterias, situación que bien puede ponernos a pensar sobre la identidad que aseguramos tener como persona. Si eso acontece en nuestra intimidad, sería ingenuo creer que el mundo externo es diferente.
Un estudio publicado la semana pasada, dirigido por Ebrahim Afshinnekoo, del Weill Cornell Medical College, ha descubierto la magnitud de la invasión bacteriana en el Metro de Nueva York. Durante 18 meses, numerosos científicos recolectaron suciedad de los torniquetes, máquinas expendedoras de boletos, asientos, barandales y demás partes de los vagones y de las 466 estaciones de la red de 24 líneas del transporte neoyorquino –donde viajan 5.5 millones de pasajeros al día–. También se analizaron otros sitios relacionados, como el Staten Island Railway, 12 lugares en el canal Gowanus, cuatro parques públicos y una estación cerrada que se inundó con el huracán Sandy.
El ADN recuperado así (diez mil millones de fragmentos) se secuenció y se comparó con una base de datos para identificar a qué tipo de organismo pertenecía. Se descubrió que 52 por ciento de las muestras son inidentificables o ambiguas, debido a que dicha base de datos no contiene secuencias de todas las especies del planeta, 47 por ciento pertenecen a 562 especies de bacterias —67 son nocivas— y el resto, tan sólo uno por ciento, corresponde a insectos, plantas, humanos, roedores y virus. Ninguna de las estaciones tuvo la misma composición de bacterias. Aquélla con mayor biodiversidad es la de Myrtle-Willoughby (Brooklyn). Las más extrañas se encontraron en South Ferry (Manhattan), la estación inundada y cerrada; allí habitan unas bacterias registradas únicamente en el Antártico, ¡al otro lado del mundo!
En ocasiones, ciertos pasajeros curiosos preguntaron a quienes tomaban las muestras la razón de su quehacer. Ante las respuestas, sus actitudes bambolearon desde la incredulidad, hasta la alarma. Algunos sospecharon que el proyecto estaba buscando ADN extraterrestre. Infortunadamente para los creyentes de inteligencias alienígenas, rastros de marcianos no hubo –aunque aparecieron de demonios de Tasmania y de yaks del Himalaya increíblemente.
En la estación Times Square (Manhattan) hay bacterias que envenenan la comida, atacan los pulmones, infectan las vías urinarias, producen meningitis y septicemia. No todas son perjudiciales, existen las que soportan la radiación y las que limpian metales tóxicos y aceites. También hay grandes cantidades de la que elabora el queso mozzarella –creo que en el DF se hallaría la del añejo–.
Según un informante anónimo, pero fiable, el equipo estadunidense envió, hace un par de días, un grupo de prospección encubierto al Metro de la Ciudad de México para averiguar el misterio de la Línea 12. El análisis reveló un caldo de cultivo bacteriano inusitado. Se identificaron tres especies peligrosísimas: Micrococcus ica-alstom-carsus, Lactobacillus ebrardii y Bacillus perredensis. De acuerdo con pruebas preliminares, los gérmenes desviaron el trazo de los rieles y ampliaron los andenes de las estaciones sin previo aviso, causas de los descarrilamientos y del daño a la mitad de los vagones y a la estructura de las estaciones. ¿Se podrá fabricar un antibiótico?
