Entrevista con la Muerte

Su cara era diáfana, sus rasgos originales, pero se veía trasnochada.

El domingo, antes de la función de ópera, decidí ir a tomar un trago al bar del Palacio de Bellas Artes, entretanto llegaban mis amigos. Me senté al lado de una mujer delgada, bien vestida. Mientras sorbía mi jerez amoroso, advertí que ella también tomaba lo mismo. Le sonreí ante la complicidad. –Hola. ¿Cómo te va?– me preguntó. –Excelente– respondí. –Me alegra. No pienses que te estoy ligando. Simplemente me agrada platicar. Soy la Muerte. Su cara era diáfana, sus rasgos originales, pero se veía trasnochada –A veces me tomo unos días libres y asisto a lugares donde no sea fácil encontrarme –prosiguió. –Debes tener mucho trabajo– contesté guiñándole el ojo. –No te imaginas. Estoy muy cansada– asentó. –Si eres la Muerte, me gustaría saber algunas cosas– dije sonriendo. –Vale– contestó. Era el momento de meterla en problemas y averiguar qué tan hábil era mi compañera de barra. –¿Por qué existes?, ¿por qué hay que morir?– pregunté ufano. –No hay que morir– corrigió tranquilamente. Terminó su copa y pidió otra. –¡Cómo no!, todos los animales, plantas y demás seres se mueren– aseguré. –No, no todos. ¿Conoces la hidra? Ese animalito acuático no muere, es inmortal –contestó. –¡Ah, eres bióloga! –exclamé intentando desenmascararla. –No. Soy la Muerte– dijo. –Al parecer crees que juego. No me aburras– continuó. –Perdón– murmuré. –Morir es una opción biológica. Ciertamente tiene sus límites. Es algo parecido a la imposibilidad de crear una máquina de movimiento perpetuo como asegura la termodinámica– dijo. –¡Ah, eres física!– interrumpí estúpidamente. Sentí una mirada de esas que obliga a bajar la cabeza y admitir el castigo. –Hay efímeras cuyo estadio adulto dura sólo un día. Inclusive carecen de boca. Estos insectos sólo revolotean horas buscando un compañero con quien reproducirse. Esta semana recibí la noticia del deceso de una almeja de 450 años debido a la negligencia de sus cuidadores del acuario. En EU existe un hongo cuya edad se calcula en dos mil 500 años. Podría seguir, pero no pretendo impartir una clase biológica– finalizó. Creí entender. –De acuerdo, planteé mal la pregunta. ¿Qué es la muerte?– inquirí. –Dímelo tú– dijo. –El fin de la vida– contesté satisfecho en el instante que ella bebía. Paladeó y tragó el jerez. Sonrió aprobando su calidad en silencio. –Según sé, los biólogos no pueden definir con precisión qué es la vida. Describir algo en términos de una indefinición es absurdo. Los humanos me aburren– concluyó. Ante la zarandeada intelectual mejor opté por decir cualquier cosa –¿Por qué estás cansada?– dije. –¿Cómo muere una cebra? Desde que nace intenta escapar de sus depredadores. Hasta que falla y termina en la panza de varios animales. Muere tal cual vive, con intensidad. Así pasa con todos los seres vivos. Se mueren y matan solos. Yo sólo me encargaba de casos raros. De repente, a un simio se le ocurre concebir el tiempo y descubrirse mortal. Destruyó a la mayoría de sus depredadores. Su población aumentó a niveles escandalosos. No contento con derrotar a sus perseguidores, explota a sus congéneres. Ahora tengo que afanarme con casi mil millones de seres desnutridos que dan pena. Ni siquiera tienen la suerte de que se los coma algún león para morir dignamente. Otros, unos pocos, se someten a cirugías y tratamientos para robarme santiamenes y, finalmente, acabar muriendo lenta y lastimosamente. Las criaturas huyen de sus cazadores; el hombre, de la muerte. Allí reside su profunda infelicidad, su patético destino. –Señora, señor, la función va a dar comienzo– avisó el cantinero.

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