CUÁNDO
Señor Lamont, ¿cuándo debe una persona dejar de manejar?
R. Le comparto que no hay una edad fija para dejar de conducir. Cada persona envejece de forma distinta, y por eso los expertos dicen que la decisión debe basarse en cómo se siente y en qué tan bien conserva sus habilidades para manejar. Según especialistas en salud como Kaiser Permanente, lo más importante es personalizar el tema, tomando en cuenta si la vista, el oído o los reflejos han cambiado con el tiempo, y también si existen otras opciones de transporte seguras y cómodas.
Kaiser señala que, en general, muchas personas continúan manejando entre siete y diez años más de lo recomendable. Las estadísticas también muestran que los conductores mayores de 70 años tienen más riesgo de sufrir un accidente, sólo detrás de los conductores jóvenes menores de veinticinco. Por eso, los médicos recomiendan hablar abiertamente sobre la salud y el manejo, y prestar atención a señales como la confusión al volante o la dificultad para reaccionar rápidamente.
A partir de los 70 años, o incluso antes, es buena idea iniciar esa conversación con el médico o con la familia. Tomar conciencia y planificar con tiempo puede marcar la diferencia entre seguir conduciendo con seguridad o poner en riesgo a uno mismo y a los demás. Reflexionar sobre este tema y hablarlo en familia puede ser el primer paso para cuidar la independencia y la seguridad de todos.
LA AUTOAYUDA
Don Alfredo, ¿piensa usted que se nos ha ido la mano con la cultura de la autoayuda y cómo va esto con lo que dice la psicología?
R. La psicología contemporánea celebra que la gente hable más de salud mental, pero algunos especialistas advierten que hemos cruzado la línea hacia la sobrepatologización. Amelia Kelley, terapeuta especializada en trauma, lo explica con claridad: analizar cada pensamiento como si escondiera un problema nos hace perder compasión por nosotros mismos. Es como correr en una “caminadora de automejora” que nunca se detiene.
La metáfora es poderosa: un gimnasio emocional donde nunca alcanzamos la meta, porque siempre hay algo que “arreglar”. El resultado es agotamiento y frustración. La paradoja es que, en nombre de cuidarnos, terminamos dañando nuestra propia percepción. La pregunta que queda flotando es si realmente necesitamos tanto diagnóstico casero o si bastaría con aceptar que somos humanos, con luces y sombras.
La psicología, propone, para no caer en la sobrepatologización, que más que obsesionarse con “arreglarnos”, debemos cultivar curiosidad, compasión y atención plena. Detenernos, respirar y notar qué nos reconecta. Practicar la lentitud en un mundo que nos empuja a correr. A veces lo más revolucionario es permitirnos ser, sin diagnósticos improvisados ni listas infinitas de tareas emocionales.
La propuesta es sencilla pero desafiante: cambiar la mirada crítica por una mirada amable. En lugar de preguntarnos “¿qué está mal en mí?”, preguntarnos “¿qué me ayuda a sentirme vivo?”. Esa diferencia transforma la experiencia. La autoayuda deja de ser una carrera y se convierte en un paseo. Y como en todo paseo, lo importante no es llegar, sino disfrutar el trayecto.
