PÉPTIDOS/ENRIQUE MANDUJANO
¿Qué son los péptidos? ¿Debemos suplementarnos con éstos?
R. Don Enrique, los péptidos son la nueva palabra mágica del bienestar, aunque, en realidad, no tienen nada de nuevo. Son fragmentos diminutos de proteínas que el cuerpo produce todo el tiempo para reparar tejidos, regular funciones y mantener la comunicación celular. Los obtenemos de forma natural al comer proteínas normales: carne, lácteos, legumbres, pescado. Nada glamoroso. ¿Suplementarlos? Depende. Los únicos con evidencia sólida son los péptidos de colágeno, útiles para mejorar la elasticidad de la piel y aliviar molestias articulares. El resto, los que prometen longevidad, energía u “optimización”, viven más en la frontera del entusiasmo comercial que en la ciencia dura. Algunos, incluso, son medicamentos en investigación, no juguetes de gimnasio. Péptidos, sí, pero con contexto. No son milagro ni moda indispensable; son biología básica con buen departamento de marketing. Coincidente a su pregunta, acabo de leer un artículo en The New Yorker (revista) muy crítico acerca de los péptidos y, al final, con la misma recomendación que le estoy compartiendo.
INFLAMACIÓN CRÓNICA
¿De qué se trata y por qué ahora se habla tanto de “inflamación crónica”?
R. Porque esta “inflamación” se volvió la nueva palabra mágica: explica desde el cansancio hasta el mal humor, pasando por la panza rebelde. Pero detrás del ruido hay ciencia real. La inflamación es la respuesta del cuerpo ante agresiones; el problema es cuando nunca se apaga. Ahí entran el estrés, el sueño mediocre, el exceso de azúcar y la vida moderna que nos tiene sentados como esfinges cansadas. Lo irónico es que buscamos soluciones exóticas —jugos verdes imposibles, suplementos con nombres nórdicos—, cuando lo que funciona es aburridamente simple: dormir mejor, moverse más, comer menos ultraprocesados y dejar de pelear con el mundo. La inflamación crónica no es un misterio cósmico: es el cuerpo pidiendo tregua.
DE MODA
¿Por qué ciertos destinos “se ponen de moda” de un día para otro?
R. Esto se debe a que, ahora más que antes, el turismo funciona como un algoritmo emocional: alguien sube una foto bonita, otro la copia y, de pronto, un pueblo donde antes sólo había perros dormidos termina recibiendo más visitantes que el aeropuerto de Cancún. Basta ver lo que pasó con Tulum, que pasó de ser un refugio hippie a convertirse en pasarela internacional gracias a Instagram; o Chauen, en Marruecos, que explotó cuando alguien descubrió que sus paredes azules daban “likes” automáticos. A veces ni siquiera hace falta una foto: una serie de televisión puede cambiar el destino de un lugar. Dubrovnik vivió una invasión medieval gracias a Game of Thrones; Sicilia vio hordas de turistas buscando la villa de The White Lotus, y San Miguel de Allende se volvió imán global después de aparecer en rankings internacionales que nadie sabe quién vota.
La ironía es que la popularidad suele destruir lo que la hizo atractiva: suben los precios, llegan las filas, desaparece la calma y el destino se convierte en caricatura de sí mismo. El viajero informado busca el equilibrio: ir antes de que explote… o después, cuando todos ya se fueron y el pueblo vuelve a parecerse a sí mismo.
