PARA SIEMPRE
¿Qué sucedería si se pudiera vivir para siempre?
R. Si los seres humanos pudiéramos vivir para siempre, el problema no sería la eternidad en sí, sino todo lo que colapsaría alrededor de ella. La inmortalidad suena tentadora, pero es un experimento social, biológico y psicológico que se desmorona en cuanto lo miras de cerca.
La superpoblación sería inevitable: incluso con tasas de natalidad bajas, una humanidad que nunca muere crecería sin límite, presionando recursos, ecosistemas y ciudades. La economía perdería su lógica básica; sin retiro, sin sucesión y sin renovación generacional, el poder económico y político quedaría congelado en manos de quienes ya lo tienen. La innovación se frenaría: las sociedades avanzan porque nuevas generaciones cuestionan a las anteriores.
En lo personal, la inmortalidad traería agotamiento psicológico, pérdida de propósito y una acumulación infinita de duelos, errores y cargas emocionales. Incluso las relaciones se volverían frágiles: nada resiste mil años sin transformarse en otra cosa.
LÁUDANO
¿Qué es el láudano y cómo se utilizaba en medicina?
R. El láudano fue uno de los remedios más extendidos del siglo XIX: una tintura de opio disuelto en alcohol que contenía morfina, codeína y otros alcaloides capaces de calmar casi cualquier mal. Se recetaba para el insomnio, la fiebre, el dolor, la diarrea, la tos y hasta “nervios femeninos”. Su fama cruzó continentes y México no quedó al margen: las boticas del país vendían preparados de opio importados de Europa y Estados Unidos, incluidos tónicos y tinturas muy similares al láudano. No alcanzó la misma notoriedad que en la posguerra estadunidense, donde la adicción entre veteranos se volvió epidémica, pero sí formó parte del arsenal médico de la época. Era barato, accesible y, como muchos remedios del siglo XIX, tan eficaz como peligroso.
LOS COTONETES
¿Por qué los cotonetes producen más cerilla en lugar de limpiar?
R. Usar cotonetes dentro del oído parece una solución rápida, pero en realidad empeora el problema que intenta resolver. El canal auditivo tiene un sistema de limpieza propio: la piel migra lentamente hacia afuera y arrastra el cerumen como una cinta transportadora. Cuando metes un cotonete, interrumpes ese mecanismo y empujas la cera hacia el fondo, donde se compacta y se vuelve más difícil de expulsar. Además, el algodón seco irrita la piel del canal, y esa microinflamación activa las glándulas ceruminosas para producir aún más cera como defensa.
Es un círculo vicioso: cuanto más “limpias”, más cerumen generas. Por eso los especialistas insisten en que los cotonetes nunca entren al canal auditivo; su uso debe limitarse a la parte externa de la oreja, que es la única zona que realmente necesita atención.
