*LAS CEBRAS
Dígame, por favor, don Alfredo, ¿por qué no montamos cebras como se hace con los caballos?
R. Las cebras parecen caballos rayados, pero la semejanza es engañosa. A diferencia de los caballos, que fueron domesticados hace miles de años y se convirtieron en aliados de transporte, guerra y agricultura, las cebras nunca se dejaron domar. Son animales nerviosos, con un temperamento impredecible, y poseen un instinto de huida tan fuerte que cualquier intento de domesticación termina en mordidas, patadas o huidas espectaculares. Además, su espalda es menos adecuada para soportar peso humano.
La evolución les dio rayas para confundir a los depredadores en la sabana africana, no para servir de montura. Incluso hubo intentos coloniales en África para entrenarlas como animales de carga, pero fracasaron. Veamos a las cebras como lo que son: símbolos de lo indomable. Su belleza está en esas rayas que parecen uniformes de prisión, recordándonos que la naturaleza no siempre se adapta a nuestras necesidades.
*CAFÉ O DUCHA
¿Es cierto que el café puede “despertar” más rápido que una ducha fría?
R. La respuesta depende de qué entendamos por “despertar”. La cafeína del café bloquea los receptores de adenosina en el cerebro, lo que nos hace sentir en alerta y menos cansados. Sin embargo, ese efecto tarda unos 20 minutos en manifestarse plenamente. Una ducha fría, en cambio, activa de inmediato el sistema nervioso simpático: el corazón late más rápido, la respiración se acelera y la piel se estremece. Es como un electroshock natural, aunque menos elegante.
La ciencia dice que la ducha fría gana en velocidad, pero el café gana en ritual. El aroma, el calor de la taza y el acto de beberlo forman parte de un despertar cultural que ninguna ducha puede reemplazar. En Italia o México, el café es más que química: es un momento de encuentro, conversación y pausa antes del caos del día. Así que, aunque la ducha fría sea más rápida, muchos preferimos despertar con aroma y taza, no con escalofríos.
*¿MITO URBANO O VERDAD?
Don Alfred, ¿ha escuchado usted alguna vez esa historia acerca de un pollo al que le cortaron la cabeza y siguió viviendo?
R. Por increíble que parezca, sí. En 1945, un pollo llamado Mike the Headless Chicken sobrevivió 18 meses después de perder la cabeza. ¿Cómo? Parte de su tronco cerebral y un oído quedaron intactos, lo que permitió que siguiera respirando y mantuviera reflejos básicos. Su dueño lo alimentaba con gotero y lo convirtió en atracción de feria en EU.
La historia es grotesca, pero también fascinante: muestra cómo la biología puede sorprendernos con resiliencias absurdas. Mike se convirtió en símbolo de resistencia y en leyenda popular. Hoy, su pueblo natal en Colorado celebra un festival anual en su honor. La anécdota nos recuerda que la ciencia no siempre es solemne: a veces es tan extraña que parece un chiste macabro. Y, sin embargo, ahí está la lección: incluso un pollo sin cabeza puede convertirse en mito cultural.
*ALTO RENDIMIENTO
¿Por qué cuesta tanto que los jóvenes mexicanos lleguen al alto rendimiento deportivo?
R. Siempre que estamos entre Juegos Olímpicos y otros eventos internacionales nos entusiasmamos por la representación nacional, pero aun cuando hay talento sólo no basta: se necesita acompañamiento. En México, muchos jóvenes con potencial deportivo se enfrentan a falta de instalaciones, entrenadores mal pagados, y estructuras que priorizan el espectáculo sobre el desarrollo.
El deporte amateur vive en la sombra, sostenido por familias que hacen milagros para pagar uniformes, viajes y fisioterapia. Sin embargo, ahí está la esperanza. En cada cancha improvisada, en cada entrenador que cree en sus pupilos. Lo que falta es visión institucional: que el deporte no se vea como lujo, sino inversión social. Apoyar a los jóvenes atletas no es sólo formar campeones, sino ciudadanos con disciplina, salud y autoestima.
