Asignatura pendiente: promover la resiliencia

Todos tenemos la capacidad para resistir y afrontar lo que nos causa sufrimiento.

Actualmente se vive sometido a un número cada vez más creciente de situaciones y acontecimientos estresantes y traumáticos que, en muchos casos, impiden vivir en condiciones de bienestar físico y emocional. Ante esto, contamos con la resiliencia, que es la capacidad humana para resistir y afrontar los eventos que nos causan sufrimiento, de tal forma que la experiencia nos fortalece, adquirimos mayor confianza en nuestras habilidades y nos hacen más sagaces para generar cambios y minimizar o erradicar las fuentes que nos originan estrés, traumas físicos o síquicos. Quienes se han dedicado a estudiarla proponen la existencia de varios factores de resiliencia que agrupan en tres categorías: lo que tengo (apoyo de familiares y amigos, modelos de conducta o servicios institucionales de protección social); lo que soy (apoyos internos extraídos de nuestro carácter, por ejemplo: la serenidad de ánimo, la responsabilidad o el altruismo) y lo que puedo hacer (esto es, la habilidad para interactuar con los demás y resolver problemas comunes). En este sentido, la atención al buen desarrollo de estos tres factores favorecen la resiliencia hoy más que nunca, tenemos la necesidad de desarrollar y utilizar la resiliencia en nuestra vida cotidiana: en nuestro trabajo, en nuestra vida personal y familiar, y en nuestra vida social y política.

Os comento que la medicina posee muchos campos de acción para recurrir a la resiliencia dado que su ejercicio siempre implica a dos o más personas en situaciones muchas veces límite. La clave de la medicina es la interrelación que se establece entre el médico y el enfermo. Sin duda, ésta ha variado a través del tiempo, condicionada por los mandatos sociales—culturales y las fuerzas ambientales—. Hoy reconocemos que esa relación es cada vez más impersonal, deshumanizada y abstracta, y se hace mucho más evidente en las grandes ciudades. Para intentar revertirla sería conveniente incorporar actos resilientes, ya que producen efectos duales: la reacción positiva del enfermo y el crecimiento de las relaciones humanas. Urge insistir en un llamado a la reflexión de los que ejercen y están relacionados con la medicina, para que comprendan que todos los que están cerca del dolor y la enfermedad pueden ser mediadores para atemperar los factores de riesgo y, de ese modo, promover la resiliencia. No hace mucho tiempo que la relación médico–paciente se decía que pasaba por tres etapas: cuando el enfermo acudía a la primera consulta con una serie de síntomas inquietantes, el médico era un ángel, en él se encontraban todas las expectativas; una vez curado, el médico era un Dios que había solucionado el problema y aliviado la angustia; cuando llegaba la hora de pagarle, se convertía en un diablo. Si en realidad existieron alguna vez esas representaciones sociales, en la actualidad han cambiado mucho; lamentablemente la mayoría de los médicos se ha transformado en profesionales que ofrecen un servicio, muy apreciado por su necesidad, pero el aspecto humano de la relación se ha mecanizado; en muchos lugares donde se proporciona la medicina institucional se ha mecanizado, se ha tornado en un trámite burocrático.

TRES APOSTILLAS. Volviendo propiamente a la resiliencia mencionaremos algunas definiciones que se han dado de ella: 1.- “Habilidad para resurgir de la adversidad, recuperarse y acceder a una vida significativa y reproductiva”. 2.- “Enfrentamiento efectivo de las circunstancias y eventos de la vida severamente estresantes y acumulativos”. 3.- “Capacidad del ser humano para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas e inclusive ser transformado por ella. 4.- “La resiliencia distingue dos componentes: la resistencia hacia la destrucción; es decir, la capacidad de proteger la propia integridad bajo presión. Por otra parte, más allá de la resistencia es la capacidad de forjar un comportamiento vital positivo pese a circunstancias difíciles” Promover la resiliencia es reconocer la fortaleza más allá de la vulnerabilidad. La resiliencia es una condición intrínsecamente humana, es efectiva, siempre está en potencia en cada uno de los hombres, sólo basta un suceso, una mediación, una intervención adecuada y oportuna para rescatarla. Apunta a mejorar la calidad de vida de las personas a partir de sus propios significados, según ellas perciben y se enfrenten al mundo. Indudablemente que una inadecuada o mal manejada relación médico–paciente propicia el desterrar esa resiliencia que tanto ayuda a los seres humanos. SALUD Y SALUDOS.

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