Ni zancadillas ni muros
El impactante éxodo de los sirios ha colocado, nuevamente, en el centro de la agenda y la sensibilidad internacional el fenómeno de las migraciones.
Las migraciones han estado siempre asociadas a una dramática condición humana: la necesidad de abandonar el lugar de origen para escapar de la guerra, la persecución, la pobreza o la falta de oportunidades de trabajo. Detrás de la inmensa mayoría de los desplazamientos de personas de un país a otro —y también, muchas veces, en el interior de un país— hay violencia, intolerancia, hambre o desempleo. Más de 230 millones de migrantes internacionales enfrentan esta situación, según datos de 2013 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU); y lo cierto es que esto no cambiará en el corto plazo. Por ello, sin ignorar el desafío de combatir las causas que provocan en los países expulsores la emigración y los desplazamientos forzados, es imprescindible tomar medidas que brinden garantías a los migrantes.
El impactante éxodo de los sirios ha colocado, nuevamente, en el centro de la agenda y la sensibilidad internacional el fenómeno de las migraciones. Como consecuencia de la guerra civil en Siria más de cuatro millones de personas, casi la mitad de la población, se han visto obligadas a dejar su país; se trata del caso de desplazamiento forzado más grande desde la segunda Guerra Mundial. Pero lo cierto es que, sin llegar a tal extremo, hay muchos otros casos igualmente trágicos y masivos. Los nutridos y crecientes flujos de África a Europa; de Asia a Norteamérica; o de México a Estados Unidos, entre muchos otros, dan cuenta de una intensa movilidad humana que, bajo diversas categorías (refugiados, asilados y migrantes por necesidad económica), implican desafíos extraordinarios de toda índole. Tan sólo los cruces a Europa por el Mediterráneo, con todos los peligros de estas precarias y tantas veces trágicas travesías, pasaron de 50 mil personas en 2013 a 220 mil en 2014.
Estados Unidos es, por mucho, el país con el mayor número de inmigrantes, más de 45 millones; le siguen Rusia y Alemania, con poco más y poco menos de 10 millones, respectivamente; y después figuran Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Reino Unido, Francia, Canadá, Australia y España, con poblaciones de migrantes de entre 8 y 6 millones de personas. En estos diez países se concentra casi la mitad de la totalidad de migrantes internacionales. El mapa de los flujos migratorios refleja una desesperada movilidad en busca de seguridad, libertad y satisfactores humanos básicos; y no es por ello casual que los movimientos apunten casi invariablemente a los países con mayores niveles de desarrollo; aunque los desplazamientos forzados de orden regional no necesariamente responden a este patrón, sino a la necesidad de abandonar un territorio y ponerse a salvo en cualquier otro, sin importar las condiciones del país de destino.
Las reacciones en los principales países receptores han cambiado con el tiempo, según las fuerzas políticas y las tendencias ideológicas dominantes, las circunstancias económicas que enfrentan y, también, los marcos normativos e institucionales con los que cuenten para facilitar o no la integración de los inmigrantes, dentro de un marco de libertades y diversidad racial, religiosa y cultural. Por ello, en momentos críticos como el que se vive ahora, cuando las expresiones de xenofobia e intolerancia resurgen con furia en distintos países, resulta vital promover y asumir una responsabilidad global compartida que, en suma, se traduzca en reformas legales e instrumentos internacionales para prevenir y sancionar con mucho mayor rigor cualquier forma de discriminación y de violencia física o verbal contra los migrantes, cuya condición exige solidaridad y respeto. Por eso hay que decir no, y mil veces no, a la infame zancadilla de una reportera húngara y al ominoso muro del odio de Trump.
