PRD: falsa salida y malas señales

En lugar de priorizar la formación y el desarrollo de liderazgos y candidaturas propios, el PRD ha optado, una y otra vez, por cuadros provenientes del PRI.

Las crisis no se resuelven con ocurrencias. Exigen serenidad, responsabilidad y visión. Esto implica un análisis mesurado de las causas que las provocaron; un diagnóstico bien sustentado de los problemas que se enfrentan y una definición clara de los objetivos que se buscan, más allá de la coyuntura crítica. En el PRD, sin embargo, ante la más grave crisis de su historia, parece estar imponiéndose el alboroto en torno a una ocurrencia que no sólo resulta precipitada, sino absolutamente desorbitada: colocar a un externo, alguien sin militancia, en la presidencia del partido. Algo nunca antes visto y, me temo, una decisión llamada al fracaso. 

Buena parte de los problemas del PRD son producto de su incapacidad para construir una institución democrática. Caudillos y tribus han impedido establecer reglas y procedimientos eficaces que, por encima de intereses individuales o grupales, permitan articular su pluralidad y solucionar sus conflictos internos en aras del interés superior de un partido político: promover y traducir en leyes y acciones de gobierno los principios, las ideas y las propuestas que constituyen su razón de ser. Esto ocurre cuando una persona o un grupo asumen patrimonialmente el valor y el sentido de la organización. Por ello es incomprensible la pretensión de solucionar a través de una persona un problema institucional. Contraviene la lógica más elemental: tratar de tapar un hoyo haciéndolo más profundo.

Otra parte medular de la crisis del PRD ha sido causada por la incorporación de actores políticos que nada tienen que ver con los principios ideológicos y las propuestas programáticas de la izquierda democrática, con el único fin de ganar una elección, cuando, aun ganando, en la mayoría de los casos han perdido, y mucho, empezando por su congruencia, identidad y valores éticos. Quizá el caso más vergonzoso haya sido el de Ángel Aguirre, en Guerrero, pero no ha sido el único. En lugar de priorizar la formación y el desarrollo de liderazgos y candidaturas propios, el PRD ha optado, una y otra vez, por cuadros provenientes del PRI. El daño ha sido enorme.

La ocurrencia para encarar la crisis actual es, paradójicamente, el reflejo de sus peores fallas: la solución para un problema institucional, por definición colectivo, la encarna una persona; la fórmula para una crisis interna consiste en colocar en el mando a un externo. No polemizo sobre los atributos del candidato. El tema no es Agustín Basave. El tema es la doble contradicción implícita en la ecuación.

Las claves para la superación de la crisis se encuentran en la deliberación abierta y la creación de nuevos acuerdos entre la militancia y los órganos de dirección; en la indispensable reconstitución estatutaria y funcional para acabar con las estructuras tribales y las prácticas clientelares; en la redefinición sustantiva y estratégica de su oferta político-electoral; y en la construcción colectiva de una institución democrática. Pero, sobre todo, en la congruencia ideológica y la legitimidad acreditadas de los liderazgos jóvenes del PRD —la oportunidad de un relevo generacional en la izquierda—, entre los cuales destacan Fernando Belaunzarán, Beatriz Mojica, Armando Ríos Piter o Zoé Robledo. Ellos representan la opción de una izquierda responsable y consistente, constructiva e innovadora, necesaria para el país, que no se encuentra ni en los viejos cuadros del PRI ni en Andrés Manuel López Obrador y su partido —cuya definición más elocuente, por cierto, la ofrecen ellos mismos en sus espectaculares: “Morena es AMLO”. Todo parece indicar, sin embargo, que la decisión está tomada. Grave error. Una salida falsa. Una señal desalentadora para las nuevas generaciones de perredistas.

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