La maldición del PRD
La historia del PRD ha estado marcada por una contradicción esencial: el indeseable y, a la vez, vital liderazgo de sus caudillos.
El PRD fue producto de la confluencia de diversos partidos, organizaciones y actores políticos en el Frente Democrático Nacional, aglutinados en torno a la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, cuya campaña sacudió al viejo régimen autoritario, movilizó a la sociedad y abrió paso a las reformas electorales que, en los siguientes años, generaron las condiciones para el despliegue de la pluralidad y la experiencia de la alternancia. Así, desde su formación, las contribuciones del PRD a favor de la construcción de la democracia fueron decisivas. Por ello no deja de ser una terrible paradoja que la mayor y más recurrente patología de este partido —hoy de pronóstico reservado—, haya sido su incapacidad para conformar una institución democrática.
La historia del PRD ha estado marcada por una contradicción esencial: el indeseable y, a la vez, vital liderazgo de sus caudillos —padres impositivos, pero buenos proveedores. En su primera época, la conducción de Cuauhtémoc Cárdenas fue imprescindible para mantener la cohesión interna y la competitividad electoral, pero a la vez significó un gran obstáculo para la institucionalización y el desarrollo del partido como una opción de izquierda democrática. No es extraño que las primeras y más sensibles fragmentaciones de la amalgama original hayan estado encarnadas por quienes, provenientes de la izquierda más avanzada, cuestionaron el mando vertical de Cárdenas, así como su distancia con las causas y la agenda de la izquierda liberal; fueron los casos de cuadros tan valiosos como José Woldenberg, Jorge Alcocer y Gilberto Rincón Gallardo, por citar algunos. Y no es extraño, tampoco, que los dirigentes que venían del PRI y de la vieja izquierda marxista, entonces todavía hipnotizada por la ilusión del socialismo real, hayan coincidido felizmente.
El sucesor en el liderazgo, Andrés Manuel López Obrador, acentuó dicha contradicción: un político con grandes capacidades, legitimidad social y fuerza electoral que, sin embargo, tiene una visión más cercana al nacionalismo revolucionario del PRI de los setenta que a las propuestas de la izquierda moderna, y un talante más autoritario que democrático. Durante doce años de indiscutible dominio, Andrés Manuel estuvo a medio punto porcentual de ganar la presidencia de la República en 2006 y, contra muchos pronósticos, se colocó tan sólo a siete puntos de Enrique Peña Nieto en 2012, dando al PRD una amplia representación parlamentaria. Fueron años en los que el PRD vivió nuevamente marcado por una relación de repudio y necesidad ante el caudillo. Sin embargo, a pesar del dominio público de López Obrador, las llamadas tribus, en especial Nueva Izquierda, ganaron poco a poco terreno, hasta lograr el control de la estructura del partido, lo que acabaría en la ruptura.
En el inicio de una nueva época, la dirigencia del PRD asumió el rol de una oposición constructiva e influyente en la agenda de cambios del país, a través del Pacto por México. Generó los espacios y la capacidad para delinear acuerdos y reformas, en congruencia con las propuestas programáticas de una izquierda democrática moderna, entre las cuales destacan los límites a los monopolios, la recuperación de la rectoría del Estado sobre la educación y la apertura de las telecomunicaciones. Pero no fue capaz de avanzar en su construcción institucional. El dominio autoritario del caudillo fue sustituido por el dominio endogámico de las tribus, con un desenlace desastroso: no ganó la institucionalidad democrática prometida por los críticos de los padres impositivos, pero sí perdió la proveeduría electoral de éstos. La contradicción esencial del PRD resurge ahora como una cruel maldición: podría morir poco a poco de orfandad crónica.
