PAN: competencia contra sí mismo
Su principal reto es lograr cambios de fondo para llegar con fuerza a la recta final.
Tras el predecible final y la abismal diferencia en la competencia para el cambio de estafeta en la dirigencia nacional, el PAN arranca una carrera de medio fondo hacia el 2018, aun con el desgaste de los maratones presidenciales que encabezó durante doce años, las lesiones de su apabullante derrota en 2012 y los obstáculos de sus conflictos internos. Como los buenos mediofondistas, Ricardo Anaya debe saber que la clave para arribar con éxito a la meta radicará en el equilibrio entre la consistencia y la velocidad de su recorrido. Su principal reto es lograr cambios de fondo en poco tiempo para llegar con fuerza a la recta final.
El PAN enfrenta el desafío histórico de recuperar la solvencia ética y las raíces ciudadanas que le dieron sustento y sentido durante más de seis décadas en el ejercicio de una oposición congruente, a la vez crítica y constructiva; revisar sus principios para determinar los que deben reafirmarse o, en su caso, los que requieren modificarse o actualizarse; definir los contenidos y las líneas estratégicas de su propuesta programática para volver a presentarse como una opción de gobierno creíble y viable, luego de dos sexenios de resultados y logros significativos en algunos frentes, pero también de muchas promesas incumplidas y expectativas frustradas; y enfrenta, desde luego, las divisiones internas que tanto han dañado los cimientos de su institucionalidad democrática. A la vez, como si no fuera suficiente dicho desafío, el PAN debe definir una estrategia electoral eficaz que, empezando por la discusión de las alianzas, le permita en una primera etapa ser competitivo en las elecciones locales de 2016, con doce gubernaturas en juego; recorrer después el trayecto menos intenso —pero no poco importante— de los procesos electorales de 2017; y finalmente colocarse en una posición destacada en la carrera presidencial de 2018.
Ricardo Anaya tiene aptitudes destacadas para guiar al panismo en esta difícil ruta. Combina juventud y frescura con experiencias y capacidades políticas acreditadas, y encarna un relevo generacional, con una menor carga de agravios y resentimientos, que le brinda márgenes de maniobra nada despreciables para la mediación y solución de los conflictos internos, salvo que, como señalan sus detractores, juegue como una mera figura instrumental al servicio de Gustavo Madero o Rafael Moreno Valle.
Por ello, una condición vital para el ejercicio de su mandato es demostrar con hechos que será el dirigente de todos los panistas, lo cual no implica romper con sus aliados, sino construir un espacio de autonomía y, a la vez, cercanía y diálogo con los diversos grupos y liderazgos del PAN. No es una tarea sencilla. Pero está claro que si Anaya no entiende perfectamente esta exigencia y actúa en consecuencia, además de desfondar su legitimidad, hará más profunda la crisis de su partido. La fórmula para la reconciliación y reconstrucción de esta institución central en la vida democrática de México es encauzar los intereses, ambiciones y diferencias individuales o de grupo al terreno del debate sobre los principios y las propuestas. La clave para la recuperación de su esencia y credibilidad es superar la derrota ética del PAN y, por lo tanto, dar una batalla frontal contra las desviaciones de la corrupción que, en pocos años, desacreditaron lo que llevó décadas construir: la honestidad como una de las señas de identidad fundadoras del panismo. Una parte muy importante de la responsabilidad ante estos desafíos depende de la nueva dirigencia; la otra, igualmente relevante, depende de que sus compañeros le ayuden a quitar obstáculos de la pista o, al menos, no le pongan más. El PAN enfrenta una dura competencia contra sí mismo.
