PRI y PAN: futuro incierto

Los partidos políticos, también, aportaron muchos saldos negativos...

El PRI y el PAN están por renovar sus dirigencias nacionales. Cada uno enfrenta problemas y retos singulares, inherentes a sus historias y condiciones actuales, pero con desafíos comunes, asociados a la profunda crisis de credibilidad y legitimidad del sistema de partidos. De sus decisiones y procesos internos en los próximos días dependerá, en buena medida, la configuración de las tendencias y los escenarios políticos del país en los siguientes años.

Las elecciones del 7 de junio arrojaron dos saldos positivos: la reafirmación de la apuesta ciudadana por la vía democrática y la reiterada acreditación de la capacidad institucional para organizar los procesos electorales. Pero los partidos políticos, también, aportaron muchos saldos negativos: mediocridad en el debate, escándalos de financiamiento ilegal, desafío descarado a las leyes y autoridades electorales, manipulación clientelar de la pobreza y, por si fuera poco, multitud de denuncias por delitos electorales, incluido el oprobioso caso de Miguel El Piojo Herrera.

Que la ciudadanía haya ejercido su sanción a través del voto es un signo de responsabilidad y madurez que acredita el valor y la eficacia de los procesos democráticos. En la mayoría de los casos, lo hizo optando por un cambio de partido en el gobierno y, en algunos otros, mediante la nueva opción de las candidaturas independientes, una ruta alterna que canaliza y refleja el hartazgo contra el sistema de partidos en su conjunto. El problema de fondo, sin embargo, radica en que las democracias no pueden fundarse y funcionar sin partidos, salvo en circunstancias excepcionales y, como tales, transitorias. 

Así, pues, además del desafío común de la crisis de credibilidad y legitimidad del sistema de partidos, dentro del cual han sido los principales protagonistas, el PRI y el PAN enfrentan a los fantasmas de su pasado y a los monstruos de su presente.

El PRI, luego de una resurrección que parecía inverosímil, enfrenta al fantasma del rechazo histórico de la mayoría que lo echó del poder en 2000 y que jamás le daría su voto, y enfrenta también al monstruo de su vertiginoso desgaste en el ejercicio del poder, después de una etapa inicial que, para bien, sorprendió a propios y extraños. Si no es capaz de atraer a nuevos segmentos del electorado, especialmente los jóvenes ajenos a la carga histórica negativa incrustada en la memoria y el ánimo de sus viejos detractores, así como de recuperar terreno mediante una gestión de gobierno con resultados palpables y reconocimiento social, su base electoral seguirá erosionándose gradual pero consistentemente, hasta hacer inviable su triunfo en el 2018.

El PAN, por su parte, enfrenta al fantasma de sus fracasos éticos y funcionales en el ejercicio del poder, encarnado en la decepción social manifiesta en su rotunda derrota de 2012; y enfrenta, además, al monstruo de sus divisiones internas y extravíos ideológicos y programáticos que han debilitado su vida institucional y desfigurado su identidad. Sin un esfuerzo generoso y efectivo de reconciliación entre sus liderazgos, y sin la reconstitución y actualización de sus principios éticos, prácticas democráticas y plataformas electorales, no será difícil verlo situado en 2018, como en 2012, en un lejano tercer lugar, o como un mero instrumento de una candidatura ajena a su visión y significado histórico.

En las próximas semanas se observarán los primeros trazos del futuro del PRI y del PAN que, hoy incierto, será decisivo sobre la suerte de la democracia mexicana, cuya consolidación seguirá siendo una meta inalcanzable mientras los partidos no asuman la exigencia de una nueva relación con la sociedad.                                                                     

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