Otra ecuación contra la pobreza
Las políticas y los programas dedicados a combatir la pobreza no llegan a sus raíces y, en consecuencia, no erradican el problema.
Las variaciones en la medición de la pobreza no reflejan cambios sustanciales. La explicación es simple y, a la vez, inquietante: las políticas y los programas dedicados a combatirla no llegan a sus raíces y, en consecuencia, si acaso mitigan, pero no erradican, este problema estructural. El informe presentado la semana pasada por el Coneval, como los anteriores, así lo revela. Avances en algunos frentes y retrocesos en otros. En esencia, sin embargo, la realidad pura y dura sigue siendo la misma: con más de 55 millones de mexicanos en condición de pobreza, de los cuales más de 11 se encuentran en situación de pobreza extrema, el país no sólo carga un agravio humano infamante, sino también el peso insostenible de los excluidos para transitar con agilidad hacia una democracia con ciudadanía universal, que sustente y garantice legalidad, institucionalidad y seguridad, y hacia una economía con el capital humano necesario para incrementar la productividad, innovación y competitividad que, en suma, generen crecimiento económico y bienestar social.
No está de más recordar lo que, conforme a las definiciones y criterios del Coneval, significa la pobreza. En términos generales, “una persona se encuentra en situación de pobreza cuando tiene, al menos, una carencia social (en los seis indicadores de rezago educativo: acceso a servicios de salud, acceso a la seguridad social, calidad y espacios de vivienda, servicios básicos en la vivienda y acceso a la alimentación)”, y dentro de esa categoría general, una segunda se refiere a la pobreza extrema: cuando, además de tres o más carencias de las señaladas, el ingreso de una persona “es tan bajo que, aun si lo dedicase por completo a la adquisición de alimento, no podría adquirir los nutrientes necesarios para tener una vida sana”.
El informe del Coneval ofrece conceptos e indicadores más específicos que, además de estancamientos y retrocesos en números absolutos, muestra también avances no desdeñables en algunos aspectos, como la ampliación de la cobertura de algunos servicios o mejoras en la calidad de las viviendas. Pero se trata —y éste es el punto de fondo— de la fotografía reiterada del fracaso en la lucha contra la pobreza. ¿Cuál es la explicación?
Una parte de la respuesta se encuentra en el carácter estructural y la magnitud del problema; ningún país en el mundo, ni siquiera de las grandes potencias económicas, podría resolver sin cambios profundos y en el corto plazo la pobreza de más de 55 millones de personas. La otra parte radica precisamente en que, a diferencia de México, ninguna de las grandes potencias resolvió —o, para ser exacto, redujo sustancial y mayoritariamente— la pobreza, con visión de corto plazo y medidas paliativas.
La clave, en efecto, consiste en atacar las causas estructurales con reformas legislativas y políticas de mediano y largo plazos que, a la par de un ejercicio hacendario eficiente y progresivo, estén orientadas al incremento de los ingresos de la población, no con la fórmula retórica del aumento salarial por decreto, sino mediante la única ecuación para lograrlo en forma sustentable y duradera: educación de calidad y formación de capital humano calificado; mayor agregación de valor, productividad, innovación y competitividad en las actividades económicas; y, para cerrar el círculo virtuoso, incremento sustentado de los ingresos y calidad de vida.
Esto no significa abandonar los programas inmediatos contra las carencias más extremas en salud y alimentación. Significa plantear el problema bajo los términos de otra ecuación, por encima del asistencialismo conservador y las engañosas promesas del populismo.
