¿Administrar o gobernar?

El breve impasse poselectoral le ofrece al presidente Peña Nieto la oportunidad de fijar las prioridades, trazar las estrategias y realizar los ajustes en el gabinete que, en suma, orientarán la segunda mitad de su mandato y definirán el destino de su gobierno.

Si no aprovecha este momento para tomar decisiones que signifiquen el relanzamiento de su proyecto, los siguientes años no serán más que un ejercicio intrascendente de administración y gestión de conflictos, con altísimos costos para el país.

Hasta ahora, el balance muestra un agudo contraste. Entre diciembre de 2012 y agosto de 2014, la capacidad de negociación y construcción de acuerdos dio forma a un proyecto reformador de grandes alcances que, al margen de la polémica sobre algunas reformas, en especial la fiscal, asombró a propios y extraños; en pocos meses, el gobierno y los principales partidos políticos fueron capaces de reivindicar la esfera del interés público frente a grandes grupos de interés privado, lo mismo monopolios empresariales que organizaciones sindicales, con el fin de generar condiciones a favor de una genuina competencia económica, recuperar la rectoría sobre la educación e iniciar los procesos indispensables para elevar su calidad; así como abrir y transformar áreas estratégicas, como las telecomunicaciones y las energías. Dentro y fuera de México, estos avances se tradujeron en un doble reconocimiento, tanto a la funcionalidad democrática del país como al impulso transformador para la competitividad y el crecimiento económico.    En septiembre de 2014, sin embargo, la combinación de la barbarie del caso Ayotzinapa y el escándalo de la llamada Casa Blanca, una amalgama cuyo poder explosivo nadie imaginó, golpeó al proyecto reformador del presidente Peña Nieto debajo de su línea de flotación, dejándolo a la deriva durante varios meses, sin las herramientas y pericia necesarias para reparar los daños y retomar el control. Esta explosiva amalgama, sumada al persistente desafío del crimen organizado y de los grupos más radicales del magisterio, reveló, una vez más la cara oscura de México, con todas sus deformaciones estructurales en materia de legalidad, derechos humanos, violencia, corrupción e impunidad. Fueron ocho meses nebulosos y erráticos, hasta la elección del 7 de junio.

La apuesta de la sociedad por la vía democrática y la solvencia institucional para garantizar un clima de seguridad y certidumbre el día de la jornada electoral, arrojaron luz y mostraron la ruta para superar este periodo crítico. El mensaje fue firme y claro: la gran mayoría está profundamente insatisfecha con los partidos y sus  desviaciones en el ejercicio del poder, pero rechaza con la misma firmeza y claridad las vías extralegales y violentas para la reivindicación de sus reclamos. La gente quiere vivir en paz; no tolera más la corrupción; y demanda acceso a educación, empleos y servicios de salud de calidad, en un marco de certeza legal, seguridad y crecimiento económico. Estas son, en mi opinión, las claves para descifrar la ecuación del impasse poselectoral y, sobre esa base, fijar prioridades, trazar estrategias y realizar ajustes en el gabinete. El presidente Peña Nieto tiene sobre la mesa las condiciones propicias y la información necesaria para definir el relanzamiento de su gobierno. Cuenta, por una parte, con el respaldo de una mayoría legislativa -que no aval mayoritario a su gestión- suficiente para la gobernabilidad institucional; y enfrenta, por otra parte, reclamos sociales tan claros como legítimos, cuya atención debe orientar el resto de su mandato. Lo que no sirva y quien no sirva para esos propósitos, no debe tener cabida en su gobierno, salvo que su opción sea administrar y no gobernar.

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