DF: el futuro de las izquierdas

En el Distrito Federal están en juego la suerte del PRD y los proyectos de Andrés Manuel López Obrador, así como la de Miguel Ángel Mancera. Pero, sobre todo, está en juego el futuro de la izquierda, cuyo corazón político, social y cultural ha sido la capital de la República. Así, por encima de los intereses partidistas y personales de los protagonistas del momento, la disputa electoral en la Ciudad de México puede acabar desdibujando la identidad ideológica y la viabilidad política de la izquierda mexicana.

Desde el arribo del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas a la Jefatura de Gobierno en 1997 —con el 48 % de la votación— el PRD ha tenido un amplio dominio en la Ciudad de México; y si bien en la elección de 2000 López Obrador alcanzó únicamente el 38%, seguido muy de cerca —sólo cuatro puntos abajo— por Santiago Creel, lo cierto es que, en los más recientes comicios, Miguel Ángel Mancera logró, de nueva cuenta, una ventaja enorme sobre sus contendientes, con el 46% de la votación.

Este dominio de la izquierda en el Distrito Federal no sólo ha sido electoral ni exclusivo del PRD —debe reconocerse, al margen, la mediocridad aportada por PAN y PRI.

Muy diversas organizaciones de la sociedad y distintas alternativas partidistas (Democracia Social y Partido Socialdemócrata) han jugado un papel muy importante a favor de reformas legislativas y políticas públicas que, en suma, han significado cambios sustantivos a favor de la equidad social y los derechos y libertades de las personas que han situado al DF a la vanguardia de la izquierda democrática. Este gran capital político hoy está en riesgo, por diferentes causas.

Las más graves han sido las deformaciones en el ejercicio de gobierno, producto de la adopción de prácticas corporativas y clientelares, así como de la opacidad y corrupción, durante las gestiones de López Obrador y Ebrard, quienes anidaron en el perredismo capitalino el huevo de la serpiente que ha devorado lo que con el ingeniero Cárdenas, Heberto Castillo, Gilberto Rincón Gallardo y otros destacados dirigentes, representó su mayor atributo: la solvencia ética de la izquierda.

Basta recordar, entre muchos otros, los casos de Bejarano y Ponce, secretario particular y secretario de Finanzas de López Obrador, y asomarse a las tinieblas que aún envuelven la discrecionalidad en las adjudicaciones y el ejercicio del gasto en sus grandes obras públicas; o bien, el escándalo de negligencia y corrupción de la Línea 12 del Metro, el proyecto emblemático de Ebrard, para constatar la dimensión de dichas deformaciones.

López Obrador ya tiene lo que Morena quería: un instrumento a su servicio, donde no hace falta someter sus decisiones a ninguna clase de deliberación o proceso democrático, ni rendirle cuentas a nadie, al más puro estilo del populismo y autoritarismo del PRI de sus orígenes.

Hace poco, por cierto, en un viaje a Villahermosa, no dejó de llamarme la atención, en el trayecto del aeropuerto a la ciudad, una serie de espectaculares que lo pintan de cuerpo entero: una foto inmensa del político tabasqueño, con una leyenda digna de los más conspicuos absolutismos: “Morena es AMLO”. Algo así como el partido soy yo, que bien podría decir, directamente, “el Estado soy yo”. De alguna forma, nuestro patético Luis XIV.

El hecho es que este personaje ha decidido destruir al PRD y a cualquier prospecto de candidatura presidencial que le pueda competir en 2018, empezando por el Jefe de Gobierno del Distrito Federal. En esta cruzada está dispuesto a destruir lo que queda de la izquierda, para imponer la restauración del viejo nacionalismo revolucionario. Esto no debería sorprender a nadie. Lo que sí es sorprendente es la incapacidad del PRD y de Miguel Ángel Mancera para construir y representar una opción de gobierno seria, viable y atractiva de la izquierda democrática, cuyo corazón, insisto, está en la Ciudad de México.

Temas: