Entre la crítica y el odio

La crítica al poder público es una condición indispensable para la democracia. En ella se sintetizan libertades fundamentales, como las de pensamiento, expresión y prensa, así como el derecho ciudadano de exigir cuentas a los gobernantes y la obligación de éstos de ...

La crítica al poder público es una condición indispensable para la democracia. En ella se sintetizan libertades fundamentales, como las de pensamiento, expresión y prensa, así como el derecho ciudadano de exigir cuentas a los gobernantes y la obligación de éstos de rendirlas. México ha avanzado mucho en este terreno, no sólo por la apertura y diversificación de los medios de comunicación, sino también por la irrupción de las llamadas redes sociales, a raíz del proceso de cambio político y del gran salto tecnológico en telecomunicaciones de las últimas dos décadas. Esto no significa que hayan dejado de existir formas de presión política sobre los medios o, en el otro extremo, intereses de éstos que sesgan la información o limitan la crítica. Pero lo que es irrebatible —un signo de salud democrática— es la posibilidad cada vez más extendida de expresar y difundir posiciones críticas y denuncias ante las distorsiones y los abusos del poder.

Es evidente, pues, que si las normas y los procedimientos para vigilar e imponer límites al ejercicio del poder público aún están lejos de alcanzar la eficacia necesaria, los medios de comunicación y las redes sociales han colocado a los actores políticos y funcionarios públicos en un escenario abierto al escrutinio de la sociedad. Así, además del periodismo profesional, cada ciudadano con un teléfono móvil en la mano se ha convertido en un jugador con capacidad real para revelar, cuestionar y criticar a quienes ejercen el poder. Los asuntos públicos son, en efecto, cada vez más públicos; y cualquiera que asuma una responsabilidad pública debe asumir también las implicaciones de este nuevo escenario. Sin embargo, cuando la libertad de expresión y la crítica no observan ciertos principios elementales —entre los cuales, como subrayaba Albert Camus en los años de la posguerra, debe estar el rechazo al odio—, pierden su esencia democrática y, ya transformadas en otra cosa, revelan una vena autoritaria e inquisitorial, contraria a los valores de la dignidad humana y la diversidad social.

El caso de David Korenfeld ilustra esta frecuente e inaceptable transgresión. El funcionario usó indebidamente un bien público para fines personales y, al hacerlo, violó la ley, razón por la cual, más allá de su renuncia, debe ser sancionado, como cualquier servidor público que lo haga. Gracias a la revelación de los hechos en redes sociales, el abuso no quedó impune. Hasta ahí, todo bien. Pero las mismas redes sociales fueron el medio para expresiones de odio antisemita contra Korenfeld que, sencillamente, no debemos pasar por alto. Con el mismo rigor con el que fue exigida la sanción y salida del funcionario, debemos rechazar las agresiones contra la persona. La frontera entre la crítica y el odio es también la línea que separa a la razón de la barbarie.

                *Socio consultor de Consultiva

                abegne.guerra@gmail.com

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