La degradación ética de la izquierda
Cuando las ideologías y las identidades partidistas se desdibujan, la democracia pierde su sustancia y, carente de significados, queda reducida a una dimensión meramente procedimental. La pluralidad de principios e ideas, en efecto, es indispensable para que la ...
Cuando las ideologías y las identidades partidistas se desdibujan, la democracia pierde su sustancia y, carente de significados, queda reducida a una dimensión meramente procedimental. La pluralidad de principios e ideas, en efecto, es indispensable para que la ciudadanía pueda distinguir, valorar y elegir entre diferentes visiones y propuestas frente a los problemas, retos y oportunidades de su país. Sin ellas, tanto las contiendas electorales como el ejercicio del poder público acaban produciendo indiferencia en la sociedad, pues al final resulta lo mismo si gana o gobierna un partido u otro. Esta es otra de las expresiones de la descomposición política en nuestro país; y lo cierto es que buena parte de la trivialización de los valores, las ideas y las identidades político-partidistas es producto de la degradación y el extravío de la izquierda mexicana.
La principal seña de identidad de la izquierda democrática —la lucha a favor de la equidad social— pierde todo el sentido cuando abandona su compromiso con un ejercicio ético del poder público. El crecimiento electoral de la izquierda a partir de 1988 estuvo en gran medida asociado a esa doble expectativa social que, en 1997, logró materializarse con el primer gobierno perredista en el Distrito Federal y una muy importante representación en el Congreso. Sin embargo, ese crecimiento también fue alimentado —cada vez más— por la llegada al PRD de cuadros del PRI que, por diversas causas, casi ninguna ideológica o ética, encontraron en el mayor partido de la izquierda un instrumento al servicio de sus necesidades, ambiciones e intereses coyunturales y personales. Fue un alimento envenenado que la izquierda tragó para saciar sus apetitos inmediatos, sin considerar las consecuencias en el mediano y largo plazos. Con ello no sólo desdibujó su identidad política-ideológica, sino, además, engendró criaturas que acabaron devorando su esencia.
Si los escándalos de corrupción en el gobierno de López Obrador, empezando por Bejarano y Ponce, ya habían lastimado la médula de la estructura ética de la izquierda, los casos de Aguirre y Abarca, en Guerrero, y de Marcelo Ebrard en el Distrito Federal, la han dañado irremediablemente. Por eso es inaudito que, como si nada hubiera pasado, el PRD siga consintiendo la impunidad y las maniobras electorales de Aguirre y su grupo, sin antes exigir y promover un riguroso deslinde de responsabilidades; o que brinde cobijo político a Ebrard ante los obligados procesos e investigaciones respecto al ejercicio, por lo menos opaco e ineficiente, de 49 mil millones en la Línea 12 del Metro, acompañando la victimización del exjefe de Gobierno, quien alega motivos políticos, como si nadie fuera responsable del mal empleo de esa inmensa cantidad de recursos públicos.
*Socio consultor de Consultiva
