Un navío sin tripulación
La escena no podría ser más lamentable e inquietante: al desprestigio generalizado de los partidos, producto de la corrupción, los vínculos con el crimen organizado y, entre otras cosas, la frivolidad con la que sus cuadros gobernantes abandonan sus responsabilidades ...
La escena no podría ser más lamentable e inquietante: al desprestigio generalizado de los partidos, producto de la corrupción, los vínculos con el crimen organizado y, entre otras cosas, la frivolidad con la que sus cuadros gobernantes abandonan sus responsabilidades para saltar a otro cargo, hay que añadir las vergonzosas confrontaciones internas y la pobreza del debate. No hace falta mucha ciencia para el diagnóstico: el sistema de partidos sufre tal deformación y pulverización que, sencillamente, no tiene la sustancia ni la capacidad para representar a la ciudadanía y conducir a las instituciones democráticas. Esto, sin embargo, no parece quitarles el sueño. Desbocados en sus ambiciones; ensimismados en sus intereses; ajenos a la rendición de cuentas; cegados por sus rencores; y cada vez más alejados de la sociedad, los partidos han renunciado a su misión esencial: promover, agregar y encauzar la participación ciudadana en los asuntos públicos, con base en sus principios ideológicos y propuestas programáticas, como vehículos para la formación de los órganos de representación popular y la construcción de la gobernabilidad democrática.
El PRI, si bien sin conflictos internos a la vista, nuevamente se ha constituido en una mera maquinaria electoral, bajo la línea impuesta desde Los Pinos, con candidaturas definidas sólo en razón de las encuestas, sin considerar la formación y capacidad de sus candidatos para el ejercicio de gobierno. El PAN, en una circunstancia electoralmente favorable en medio de la crisis de credibilidad del gobierno y la fragmentación de las izquierdas, vive tal nivel de confrontación interna que, más allá de su suerte en las urnas, está perdiendo en forma vertiginosa la sustancia ideológica y ética que lo distinguió durante siete décadas en la oposición, inmerso en ajustes de cuentas a navaja limpia que, incluso, han llevado al expresidente Calderón a la penosa condición de jefe de pandilla. El PRD y Morena, por su parte, no sólo han destruido la histórica cohesión que, primero con el PSUM y el PMS, y más tarde con la conversión del Frente Democrático Nacional en partido, tantos esfuerzos y posibilidades le habían significado a las izquierdas, sino además han desdibujado la identidad ideológica y programática del socialismo democrático —empezando por su suplantación por el nacionalismo revolucionario del viejo PRI, encarnado en López Obrador— y, sobre todo, desmoronando los fundamentos éticos al servicio de la equidad y la honestidad, sin los cuales cualquier opción de izquierda pierde su razón de ser. Que un partido como el Verde emerja como creciente alternativa electoral revela la dimensión de la crisis del sistema de partidos. El espectáculo es bochornoso, pero sobre todo peligroso: una democracia sin partidos fuertes y sanos es un navío sin tripulación a la deriva.
*Socio consultor de Consultiva
