Liberales contra las libertades

La libertad de expresión es un derecho fundamental en las democracias constitucionales, sin la cual los principios, instituciones y procedimientos de éstas carecerían de sentido. Junto con otras libertades, como las de asociación, conciencia o religión, preserva la ...

La libertad de expresión es un derecho fundamental en las democracias constitucionales, sin la cual los principios, instituciones y procedimientos de éstas carecerían de sentido. Junto con otras libertades, como las de asociación, conciencia o religión, preserva la diversidad social y cultural, la pluralidad política y la laicidad, entre otros valores esenciales del pensamiento liberal, en contraste con las imposiciones y abusos de los regímenes autoritarios y los estados teocráticos. Significa, en síntesis, el derecho de las personas a disentir de las otras públicamente, tanto en el terreno de las ideas como en el ámbito de las creencias. La cuestión, entre quienes la defendemos, radica en sus alcances y límites en relación con otros derechos y libertades, también fundamentales.

Hay quienes consideran que debe ser una libertad absoluta, sin restricción alguna, al extremo de sostener bajo su amparo el derecho a invadir la vida privada u ofender a terceros, como lo han dicho algunos analistas a propósito de la publicación Charlie Hebdo, sus sátiras sobre Mahoma y la repugnante masacre perpetrada por fundamentalistas islámicos.

Quienes sostienen que la libertad de expresión no debe tener límites suelen pasar por alto que, a la par de ella, entre los principios fundamentales del liberalismo político y su traducción normativa en las constituciones modernas se encuentran también los derechos a la vida privada, a profesar o no la fe o creencia religiosa que cada quien elija y a la no discriminación, indispensables para proteger, precisamente, la libertad y la dignidad humanas. Así, el sistema de derechos y garantías constitucionales procura una serie de equilibrios a partir de la determinación de los alcances y límites entre unos derechos y otros, de tal forma que el ejercicio de unos no implique la vulneración o supresión de los demás.

El crimen contra los colaboradores de Charlie Hebdo ha provocado, con sobrada razón, una reacción masiva contra el terror del fundamentalismo islámico. Creo que, además de la condena sin reservas a esta brutalidad, son pertinentes la reflexión y el debate sobre los alcances y límites de la libertad de expresión, en la medida en que, a diferencia de la crítica y el debate en el ejercicio legítimo de las libertades de pensamiento y expresión, la ofensa o la denigración con motivo de las creencias, ideas, costumbres e identidades culturales o raciales, no sólo entrañan una violación de derechos fundamentales establecidos en las constituciones liberales y, en muchas ocasiones, actos discriminatorios, sino también un abierto desprecio por la diversidad y composición multicultural del mundo. Algo que, por cierto, implica una pretensión autoritaria de uniformidad contraria a las libertades, incluida la de expresión: una serpiente que se muerde la cola.

                *Socio consultor de Consultiva

                abegne.guerra@gmail.com

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