2015: la corrupción como arma

Las elecciones de 2015 serán las primeras de nuestra breve experiencia de contiendas democráticas competitivas 19972012 en las que ninguna de las opciones partidistas representa una alternativa libre de escándalos de corrupción o vinculación con el crimen organizado. ...

Las elecciones de 2015 serán las primeras de nuestra breve experiencia de contiendas democráticas competitivas (1997-2012) en las que ninguna de las opciones partidistas representa una alternativa libre de escándalos de corrupción o vinculación con el crimen organizado. No hay partido limpio. No hay caras frescas. Todos están manchados y marchitos. No hay ideas o propuestas innovadoras, ni nadie ofrece talento o creatividad. Todos tienen cola larga y cabeza chica. Vendrá el alud de spots y publicidad barata: nos inundarán con discursos y mensajes retóricos y predecibles, sin transmitir el más mínimo aliento de cambio. Todos están inmersos en las luchas internas por las candidaturas, como lo estarán pronto en campañas sin otro motor que no sea la ambición por obtener la posición de poder, con absoluto desdén hacia el extendido y profundo hartazgo de la sociedad. Ya pasará, dirán muchos.

Pero estamos, como nunca en los últimos 15 años, frente a un proceso electoral que, contaminado de raíz y desfondado de origen, no despierta el menor entusiasmo en la ciudadanía; estamos ante una democracia sin sustancia, vaciada por los excesos y el cinismo de una clase política rapaz; y estaremos frente a unas urnas carentes de atractivo, piezas de un escenario desolado, sin despertar expectativas ni emoción. ¿De qué servirá al país que obtenga más votos uno que otro? ¿Habrá diferencias significativas según quien gane las gubernaturas en juego? ¿Cambiará la estructura de este régimen en descomposición si un partido obtiene mayoría en la Cámara de Diputados o ninguno la logra?

Por si fuera poco, la guerra sucia —nutrida con la vasta suciedad disponible— será cosa de todos los días. Si los escándalos de los meses recientes nos han aturdido, los que vienen nos ensordecerán. Todos tratarán de esquivar los golpes, pero recibidos o no, lanzarán muchos más a sus adversarios. El reguero manchará a todos, aunque a unos más que a otros. Algunos son más hábiles para esquivarlo: López Obrador volvió a acreditar astucia excepcional con Mazón y Abarca en Iguala, como lo hizo antes con Bejarano y Ponce. Otros reciben hasta los que no les corresponden: el PRD con Valencia, peón de Ebrard, y sus negocios en Iztapalapa, como si no fueran suficientes los propios, que sobran, como hemos visto. Están los que muestran un resorteo irregular ante los golpes, como el PAN con sus diputados traficantes de influencias, a veces solapados, a veces regañados. Y están también quienes sencillamente no tienen cómo salir de su inexplicable laberinto: el gobierno y su relación con Higa —Casa Blanca, Malinalco y tren rápido DF-Querétaro a plena luz del día.

El proceso electoral tendrá la corrupción en el centro de la agenda, pero no como asignatura para el cambio, sino como arma para la guerra sucia. Así estamos.

                *Socio consultor de Consultiva

                abegne.guerra@gmail.com

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