¿Tenía razón Calderón?
La crisis detonada a raíz de los crímenes contra los jóvenes normalistas de Ayotzinapa ha actualizado el debate en torno a la estrategia del presidente Calderón frente al crimen organizado. Es un debate saludable y pertinente, no sólo porque ofrece la oportunidad de ...
La crisis detonada a raíz de los crímenes contra los jóvenes normalistas de Ayotzinapa ha actualizado el debate en torno a la estrategia del presidente Calderón frente al crimen organizado. Es un debate saludable y pertinente, no sólo porque ofrece la oportunidad de examinar una gestión de gobierno sin la cual no es posible entender lo que estamos viviendo hoy, sino porque el análisis y la deliberación sobre sus decisiones pueden servir en este momento crítico que, como ha quedado claro, obliga a una reformulación conceptual y estratégica en materia de seguridad y legalidad.
En este debate nada aportan las posiciones extremas: ni el discurso oportunista de los apologistas oficiales u oficiosos de Felipe Calderón, cuyos compromisos o vínculos con éste o con el principal promotor y ejecutor de su estrategia, Genaro García Luna, exigirían por lo menos el reconocimiento público de un posible conflicto de interés para ser medianamente creíbles; ni la negación sistemática de sus detractores originarios que, movidos por cálculos de rentabilidad política o dogmatismo puro y duro, ni siquiera lo reconocieron como Presidente de México y, por lo tanto, no reconocieron nunca, ni lo harán, ningún mérito en sus decisiones y políticas públicas. En medio de estos extremos inútiles, hay un campo fértil para un debate genuino y constructivo.
Felipe Calderón encontró en 2006 una situación muy grave en materia de seguridad y, en contraste con la actitud elusiva y negligente de Vicente Fox, tuvo el incuestionable mérito de asumir y encarar el desafío con valor y determinación. Creo, sin embargo, que su gran error fue hacer de la confrontación armada contra el crimen organizado una política pública que no sólo alimentó la espiral de violencia y generó un clima propicio para las violaciones de derechos humanos por parte de los cuerpos de seguridad, sino que además no obtuvo resultados significativos en cuatro frentes fundamentales: los niveles de consumo de drogas en el país, la ruptura del tejido social, la infiltración de las instituciones públicas, y el poder financiero del narcotráfico.
Su estrategia se concentró en la lucha armada y, en contraparte, descuidó los factores sociales e institucionales del problema. Bajo esa lógica, señalé una y otra vez durante su gobierno, la guerra duraría tantos años como demanda de drogas y jóvenes pobres, propensos a ser reclutados por el narco, existieran en el país; y propuse reiteradamente abrir el debate a una valoración responsable sobre la pertinencia y factibilidad de otras líneas estratégicas. Quienes sugieren ahora la reivindicación y recuperación de la estrategia del presidente Calderón, deberían argumentar con resultados favorables de su gestión. Yo aún no los encuentro y, por ello, no creo que haya tenido razón. Pero bienvenido el debate.
*Socio Consultor de Consultiva
