La clave ciudadana ante la crisis

Hace veinte años, al iniciar el gobierno del presidente Zedillo, México enfrentaba aún las secuelas del turbulento 1994, cuyo episodio final sería la grave crisis financiera que estalló en diciembre. Parecía que las cosas estaban fuera de control. Poco a poco, sin ...

Hace veinte años, al iniciar el gobierno del presidente Zedillo, México enfrentaba aún las secuelas del turbulento 1994, cuyo episodio final sería la grave crisis financiera que estalló en diciembre. Parecía que las cosas estaban fuera de control. Poco a poco, sin embargo, sobre la base de la magnífica respuesta ciudadana en las urnas en agosto de aquél año, se abrió cauce a un proceso de cambio que, a la postre, significaría el despliegue de la pluralidad y la alternancia. Una gestión responsable de las finanzas públicas y un talante austero en el ejercicio del poder contribuyeron a superar la crisis. Pero lo más importante fue haber reconocido la irreparable pérdida de legitimidad del régimen e impulsado la creación de normas e instituciones democráticas que, con la concurrencia de diversos actores políticos y sociales, implicó la renuncia a las viejas formas de disputar y ejercer el poder.

Hoy, dos décadas más tarde, al concluir el segundo año de gobierno del presidente Peña Nieto, el país está inmerso en una grave crisis política, con la economía estancada. Las condiciones, naturalmente, son muy distintas. No obstante, también se trata de un problema estructural, no coyuntural, en torno a la legitimidad y el ejercicio del poder: el orden legal sigue siendo frágil y excluyente; la relación entre ciudadanos y gobiernos sigue marcada por la discrecionalidad, opacidad y corrupción de las autoridades; los partidos siguen ensimismados en sus disputas e intereses de corto plazo; y los grandes monopolios y oligopolios fincados en los privilegios del poder, con escasa o nula innovación y aportación de valor, siguen avasallando a una ciudadanía poco participativa, escindida y sólo ocasionalmente solidaria. Con un ingrediente adicional: la inseguridad y la violencia en la última década han azotado como nunca antes al país, con devastadores efectos sobre el tejido social, la actividad económica y la vida institucional.

La lectura de estos veinte años deja claro que los resultados y alcances de la experiencia democrática han sido muy limitados. Esta mediocridad se explica en dos claves: el cambio, concentrado en el ámbito electoral, no significó la transformación de las estructuras y dinámicas del poder, ni la construcción de una ciudadanía con capacidades y herramientas para incidir y frenar desviaciones en la gestión de los asuntos públicos. Cualquier salida a la crisis pasa necesariamente por atender las insuficiencias de una construcción democrática que no removió los cimientos de un régimen político montado sobre una legalidad frágil y una ciudadanía débil. Como en 1994, la clave para lograrlo consiste en encauzar y aprovechar la gran energía social del reclamo actual. Sin ella y, peor aún, contra ella, no será posible.  

                *Socio Consultor de Consultiva     

                abegne.guerra@gmail.com 

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