Asumir la crisis y abrir el debate

El mayor problema de la inesperada y aguda crisis que está viviendo el país es la vertiginosa pérdida de credibilidad de todos los actores políticos, pues esto les impone serias limitaciones para construir y ofrecer salidas creíbles. No es que antes gozaran de gran ...

El mayor problema de la inesperada y aguda crisis que está viviendo el país es la vertiginosa pérdida de credibilidad de todos los actores políticos, pues esto les impone serias limitaciones para construir y ofrecer salidas creíbles. No es que antes gozaran de gran prestigio: llevan años situados en los más bajos niveles de reconocimiento en la percepción ciudadana. No es que las graves deformaciones del poder público que han salido a flote en estas oscuras semanas sean nuevas: la corrupción y la impunidad han estado siempre incrustadas en la médula del sistema político. No es que las desviaciones sean exclusivas de la esfera de lo público: los llamados poderes fácticos, entre los que figuran líderes sindicales y connotados empresarios, han sido activos promotores y beneficiarios de este régimen de corrupción e impunidad. Lo singular y novedoso, en efecto, es que esta crisis involucra a todos los actores políticos porque todos tienen una parte de la responsabilidad ante la explosión del hartazgo social acumulado y detonado por el caso Iguala-Ayotzinapa, sea por estar vinculados a las redes de complicidad con el crimen organizado, sea por haber sido exhibidos en los innumerables escándalos de tráfico de influencias y corrupción.

Es obvio que existen grupos de interés, visibles o velados, que están aprovechando las circunstancias para agudizar la crisis y generar inestabilidad. Pero lo esencial no es eso, sino reconocer y asumir la legitimidad del reclamo ciudadano que, desde diversas posiciones, exige un cambio de fondo para acabar con las deformaciones de este régimen. Ningún partido o dirigente escapa a esta exigencia. Pero lo cierto es que no tienen capacidad para resolverla porque el círculo vicioso se ha cerrado: los partidos, que deben ser el vehículo para conformar la representación ciudadana, atender sus demandas y promover cambios, carecen en este momento crítico de la credibilidad y la solvencia necesarias para ello, en la medida en que son precisamente los partidos, sus dirigentes y los gobiernos emanados de sus filas, quienes constituyen el objeto central del reclamo ciudadano.

¿Cómo romper este círculo vicioso? A partir del reconocimiento de la naturaleza y magnitud de la crisis, la única forma es abrir el debate y convocar a las instituciones y organizaciones cuyos representantes o integrantes puedan aportar no sólo ideas y propuestas, sino sobre todo credibilidad: universidades, centros de investigación, organizaciones de la sociedad y, en general, todas las entidades públicas, privadas y sociales que han acreditado su solvencia ética y compromiso con los principios de la legalidad, la transparencia y la democracia, con el fin de oxigenar y recrear el ejercicio del poder público.

                *Socio consultor de Consultiva

                abegne.guerra@gmail.com

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