¿Cómo explicarles a nuestros hijos?

La desaparición y el asesinato de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa nos han enfrentado con la cara más oscura de México, donde la miseria humana, la descomposición social y la perversión del poder público suelen buscar invisibilidad y encontrar impunidad, aunque ...

La desaparición y el asesinato de los jóvenes normalistas de Ayotzinapa nos han enfrentado con la cara más oscura de México, donde la miseria humana, la descomposición social y la perversión del poder público suelen buscar invisibilidad y encontrar impunidad, aunque a veces, como en este caso o en Tlatlaya, un haz de luz permite descubrir sus horrores. Lo cierto es que la herida que estos hechos nos produce es tan profunda como el reflejo de nuestras deformaciones en el espejo. Nos inunda la indignación, pero también la desolación, porque al final no tenemos más remedio que reconocer en esas revelaciones una parte de lo que somos. Lo que ha ocurrido es una verdadera desgracia para el país, desde todos los puntos de vista. Por eso, entre muchas otras razones, es una infamia el juego de los actores políticos que, directa o indirectamente involucrados, se han dedicado a eludir sus responsabilidades o imputarlas a sus adversarios.

Ahora sabemos que muchos sabían. Que muchos tenían conocimiento de los anteriores crímenes presuntamente ordenados por el presidente municipal de Iguala y de sus visibles vínculos con narcotraficantes. Que había suficientes indicios para haber actuado a tiempo y evitar este crimen de Estado —es decir, un crimen cometido por órdenes o con el consentimiento de la autoridad y con la evidente participación de la fuerza pública, según la información hasta hoy revelada. El primero de la lista, aunque le moleste tanto la crítica, es Ángel Aguirre, cuyas declaraciones y maniobras de estos días no sólo exhiben su desvergüenza política, sino también su mezquindad humana. Sin embargo, no es el único: los dirigentes partidistas y las autoridades locales y federales que, como él, tenían información y atribuciones para actuar y no lo hicieron, son igualmente corresponsables, en el mejor de los casos, por omisión o negligencia.

Pero lo más doloroso, y nos atañe a todos, es el estado de descomposición social reflejado en estos hechos. El secuestro, la tortura y, como todo indica, el brutal asesinato de 43 jóvenes estudiantes de origen muy humilde a manos de policías y sicarios del narco —seguramente también de origen humilde— nos colocan nuevamente ante el abismo que divide a México en dos países radicalmente distintos, a la vez conocidos y extraños, cercanos y distantes: el país de las oportunidades, el talento y el trabajo, la civilidad y la solidaridad; y el país de la exclusión, el desastre educativo y el desempleo, la barbarie y el odio. ¿Cómo explicar a nuestros hijos que, dentro de su país, hay otro donde unos jóvenes pueden ser asesinados de esta forma? Y no puedo siquiera imaginar cómo podrían los padres de las víctimas explicar a los suyos que allí, en ese otro país, les tocó vivir… y morir.                 

                *Socio consultor de Consultiva

                abegne.guerra@gmail.com

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