La vocación perdida del PAN
Lo más grave de la crisis del PAN no es la crisis misma, sino la absoluta falta de ánimo democrático, ideas claras y propuestas serias para resolverla. La primera y más obvia exigencia ante un problema es asumirlo, entenderlo, discutirlo y, sobre esas bases, explorar y ...
Lo más grave de la crisis del PAN no es la crisis misma, sino la absoluta falta de ánimo democrático, ideas claras y propuestas serias para resolverla. La primera y más obvia exigencia ante un problema es asumirlo, entenderlo, discutirlo y, sobre esas bases, explorar y construir soluciones. Nada de esto han hecho los panistas. Fuera de algunos planteamientos críticos aislados, o de las medidas cosméticas con las que, en lugar de enfrentar los problemas, han pretendido ocultarlos o minimizarlos, los líderes y las facciones de este partido siguen enfrascados en una lucha encarnizada y estéril, cuya espiral de rencor e ignominia está destruyendo aceleradamente sus cimientos históricos, éticos e ideológicos. En estas condiciones, con pocos motivos de celebración, el PAN cumplió 75 años de vida.
Los problemas no sólo atañen a la actual dirigencia nacional, sino a todos los liderazgos que tienen parte de la responsabilidad. Entre las causas de la crisis hay algunas evidentes: el desgaste natural tras dos sexenios en la Presidencia de la República, con balances poco favorables; la decisión del presidente Fox de gobernar al margen del partido y sus principales cuadros, con la frivolidad propia de su naturaleza locuaz; y, en contraste, la decisión del presidente Calderón de manejar al partido desde Los Pinos, con un enorme daño a su autonomía y vida interna; la apabullante derrota electoral de 2012, con todos los conflictos y divisiones derivados de la fallida pretensión de imponer a una dirigencia nacional y un candidato presidencial calderonistas, así como el abandono de la candidatura de Josefina Vázquez Mota; y, desde luego, por si algo faltara, los escándalos por opacidad, tráfico de influencias y posibles actos de corrupción en el ejercicio de recursos públicos, así como por pautas de conducta personales que, reveladas públicamente, han mostrado en forma por demás burda el doble discurso y la doble moral de algunos de sus dirigentes.
Creo, sin embargo, que detrás de estas causas visibles está otra de mayor sustancia y profundidad. Me refiero al abandono de una tarea que, en el pasado, representó una de las mayores fortalezas del PAN: la formación de cuadros políticos de calidad, con solvencia ética e ideológica, pero también con capacidades profesionales para el buen desempeño de responsabilidades públicas. El vértigo del poder y el pragmatismo electoral puro y duro, llevaron a este partido a perder su vocación esencial: hacer partido y hacer política a partir de los principios, convicciones y aportaciones de una genuina militancia. Recuperar esa vocación ciudadana y renovar el pacto democrático entre sus liderazgos y grupos, me parece, es la única vía para enfrentar una crisis que amenaza su identidad y sentido históricos.
*Socio consultor de Consultiva
