Retos de una izquierda sin caudillos
El PRD, encabezado por la corriente Nueva Izquierda conocida como Los Chuchos, acreditó que la decisión de convertirse en un partido dialogante y reformista, liberado de caudillos, ha sido acertada. Por primera vez desde su fundación, en un par de años logró resolver ...
El PRD, encabezado por la corriente Nueva Izquierda —conocida como Los Chuchos—, acreditó que la decisión de convertirse en un partido dialogante y reformista, liberado de caudillos, ha sido acertada. Por primera vez desde su fundación, en un par de años logró resolver dos exigencias esenciales de un partido democrático de oposición: ser un actor decisivo en la agenda de las reformas, a través de la construcción del Pacto por México, y superar sin conflictos el proceso interno para la renovación de su dirigencia nacional, con el valioso apoyo del INE.
Este PRD generó los espacios y la capacidad para negociar y delinear acuerdos y reformas que modelarán el futuro del país, en congruencia con sus propuestas programáticas, dentro de las cuales destacan las nuevas reglas contra los monopolios, la recuperación de la rectoría del Estado sobre la educación, la apertura del sector de las telecomunicaciones y la reorientación de la política fiscal con una visión más progresiva, por citar cuatro cambios estratégicos. Dejó de ser la izquierda autocomplaciente, autorreferencial y arrogante, atrapada en la paradoja de contar con un gran respaldo electoral —que en 2006 la situó a medio punto porcentual de la Presidencia de la República— y tirar por la borda esa fuerza y legitimidad políticas por su rechazo sistemático al diálogo y sus confrontaciones estériles, en perjuicio del avance de sus propias causas. El cambio experimentado no habría sido posible sin la transición hacia la institucionalización partidista, tras una historia de liderazgos unipersonales que, para bien y para mal, dieron origen al PRD.
En efecto, si bien en la creación del PRD confluyeron movimientos y actores diversos, muchos provenientes de las izquierdas, lo cierto es que el liderazgo fundador de Cuauhtémoc Cárdenas, clave para el cambio democrático, y más tarde el de Andrés Manuel López Obrador, pasando por el acotado ejercicio de Muñoz Ledo, acabaron por imprimirle el sello de un partido de caudillos, con costos muy altos: el trasvase del nacionalismo revolucionario y las prácticas autoritarias del PRI a una nueva y, a la vez, vieja organización, tanto en su discurso como en su conducción.
La única vía para que el PRD constituyera una opción de poder solvente y confiable pasaba necesariamente, como lo han hecho, por el riesgo de formar una izquierda con propuestas y sin caudillos. Ahora enfrenta dos grandes retos que, hasta ahora, han sido incompatibles: lograr un buen desempeño electoral ante el aún impredecible impacto de la competencia con López Obrador; y resistir la orfandad de los caudillos y evitar la pepena de figuras y candidatos quizá electoralmente rentables, pero ética y políticamente impresentables. En ellos se juega el futuro de la izquierda mexicana.
*Socio consultor de Consultiva
