Mientras Clara Brugada tomaba una escoba y barría una acera para salir en la foto, el resto de la capital se le inundaba por enésima vez, al grado de que algunos de sus ajolotes recién pintados ya se empiezan a desvanecer.
El destino alcanzó a los capitalinos, que desde hoy pueden predecir que el año entrante también se inundará la ciudad, y que sería necesario poner a punto el drenaje desde hoy, pero al parecer el gobierno es el único que no lo sabe… o no le importa.
Para qué tanta pintura si ni siquiera se puede apreciar porque queda bajo el agua, se preguntan unos; para qué un Tren Ligero de dos vagones si se inunda y queda varado, se preguntan otros.
O un Metro con candelabros franceses piratas, si la gente llega a sus casas —después de horas de retraso— con los calcetines empapados por las lagunas que se hacen al interior de las estaciones; todo documentado por los propios usuarios.
Que el cambio climático está afectando al planeta y la CDMX no es la excepción, ni duda cabe. Pero precisamente por eso se necesitan autoridades profesionales que sepan no sólo paliar los desastres, sino prevenirlos.
Al principio se pensó que se trataba de una buena puntada de Brugada eso de ajolotizar la ciudad, pero todo indica que iba todavía más allá, pues parece que quiere regresar a los tiempos de la Gran Tenochtitlan.
Está obsesionada por los antepasados, o de plano no le halla al gobierno y prefiere plantear ocurrencias relacionadas con los mexicas, para darle seguimiento a su antecesora, que renombró Puente de Alvarado como avenida México-Tenochtitlan, y al Metro Zócalo como Tenochtitlan.
Pero la doñita del Antiguo Ayuntamiento ya se está pasando, pues a su plancha elevada de concreto sobre el Metro la bautizó como Jardín Flotante Tlallipan, que en náhuatl que no es otra cosa que Tlalpan, y significa “lugar encima de la tierra”; se quebró la cabeza para el bautizo.
Y no sólo eso, llenó la capital de flores de cempasúchil para el Mundial, comprando quizá toda la producción de esa flor, que en una de ésas escasea el Día de Muertos, que es cuando los mexicanos la utilizan para honrar la memoria de sus difuntos.
A su operativo antilluvias lo llamó Tlaloque, que era un sistema de captación pluvial en la urbe, pero que también hace referencia a Tlálcoc, el dios mexica de la lluvia.
Ya sólo le fata que a su programa de vivienda lo bautice como Calpulli, que en náhuatl significa casa. O que a las escuelas de la capital las nombre telpochcalli. Y ya encarrerada, a las iglesias las rebautice como teocallis, que eran los templos de los dioses.
No es que esté mal sentir orgullo por los antepasados; al contrario. Pero limitar sus acciones de gobierno a difundir la cultura mexica sin tomar acciones para enfrentar la ajetreada vida de los capitalinos, es otra cosa.
Porque si a la par de sus ocurrencias estuviera dando resultados, seguramente sus bonos andarían por las nubes. Pero la ciudad está llena de baches, charcos, vialidades paralizadas, servicios públicos colapsados y un transporte que si fuera en canoas sería más eficiente.
Pareciera que Brugada está poseída por algún espíritu mexica que le impide gobernar.
CENTAVITOS…
Por cierto, los muy fijados dicen que, independiente de sus gustos, la jefa de Gobierno no repite outfit en sus apariciones, pues lo mismo barriendo que inaugurando obras, utiliza prendas nuevas, maquillaje y peinado impecables, sin importar si se asemeje a Mamá Lucha o de Doña Lencha, personaje de Lucila Mariscal.
