14 de febrero y qué tan queridos somos
En secundaria contábamos las rosas que nos enviaban; ahora, contamos followers.

Addis Tuñón
El fama-sutra
¡Bienvenidos, mis sensuales fama-lovers! Como saben, aquí somos libres de humo, no nos reservamos el derecho de admisión y analizamos a los famosos en todas las posiciones.
Ya pasó el 14 de febrero. Los ánimos y los precios vuelven a la normalidad. Para mí, esta fecha ha sido memorable y no me refiero con ello a grata. Tenía 13 años cuando sentí el rigor de la presión social. La sociedad de alumnos de la Secundaria 11, coludida con la florería de la esquina, presentó la dinámica que aún me da dolor de estómago: el 14 de febrero llegarían a los salones a entregar rosas rojas. Teníamos una semana para hacer nuestros pedidos y así demostrar nuestra amistad o nuestras románticas intenciones en ese minimundo de la punzada puberta.
Sobra describir la angustia colectiva. El “regale afecto, no lo compre”, campaña previa a fechas como ésa y la Navidad, no era un argumento viable. Cuando llegó el día, rosas rojas semimarchitas amarradas a un listón del más delgadito determinaban tu éxito o tu fracaso en la escala de la popularidad.
Yo no tenía un centavo y tuve que cuidar niños, comprar ingredientes y vender cuatro pays de queso, de los cuales sólo me compraron tres. Con ese dinero aseguré dos rosas a cada una de mis cuatro mejores amigas y una rosa al nerd del salón, el amigo que te ayuda en las tareas, con el que no hay una sincera amistad, pero sabes que le debes un gesto salvador en ese termómetro de las vanidades.
El mentado 14 de febrero llegó. Si me preguntan qué dictado tomamos o de qué trató alguna clase, les admito que ni yo ni nadie lo recuerda. Pero la entrega de las rosas vaya que marcó nuestra autoestima. Vimos a la niña más pudiente de la clase rodeada de ramos y ramos de guiños rojos; su papá se los compró. Mis amigas me abrazaban y yo agradecí haber recibido la misma cantidad de rosas que compré; algún valiente anónimo había gastado en mi persona poniendo un recado de “amigo secreto”. ¡Guau! Al final de todo, era yo el objeto de atención de alguien. Ese escuálido ramito de validez social me pasaba de panzazo.
Al término de la entrega todos nos veíamos como décadas después nos vemos ya siendo adultos: contábamos el número de rosas, ahora contamos seguidores. Ese principio de calificación fue atroz para otros; no olvidaré a Eusebia, su pupitre no tenía una sola rosa. Trató de disimularlo, pero la desgracia ajena siempre tiene grandes reflectores. Mi amigo el nerd, en cambio, me miraba sorprendido. Una rosa roja le hizo pensar que me gustaba. Lamento que no fuera así, ya que años después se volvió un guapísimo neurocirujano. Ni modo.
Dice Gustavo Adolfo Infante que “la juventud es la única enfermedad que se cura con los años”, qué frase tan cierta. Por mucho tiempo fui una desertora de esta celebración de San Valentín; fueron mis hijos quienes me trajeron de vuelta a los corazones y los panqueques de fresa. Ahora son ellos quienes determinan qué tan importantes son, según las demostraciones de afecto envueltas en celofán, y sé que tendrán que pasar por ventas de rosas, enamoramientos de verano, Total Eclipse of the Heart y todas las rolas de José José antes de que se vean a sí mismos por encima de su poder de compra o número de followers.
¿A qué voy con todo esto? Que seamos jóvenes o mayorcitos, el 14 de febrero termina siendo el juego que todos jugamos. En las redes sociales las exacerbaciones de los famosos no se hicieron esperar: el ramo de rosas mayúsculo que recibió Anahí de su esposo, la foto de Galilea Montijo con su modelo de viaje por las Europas, el poema cortito pero contundente de Angelique Boyer a Sebastián Rulli, el besote de Eugenio Derbez y Alessandra Rosaldo. Al final de todo, quien tiene para rosas y quien tiene a quien enviárselas lo va a presumir. Así es como somos testigos de sus grandes viajes y momentos románticos; estamos en la sala de espera cuando llegan los hijos y en primera fila del juzgado cuando no se divorcian “desde el amor”.
Y es que amar no siempre son corazones color carmesí. Tal vez los famosos no andan regateando la media docena de claveles, pero también pelean y rompen y lloran y mandan indirectas en el Facebook o el Instagram. Ahí somos la prensa quienes los mostramos rodeados de rosas, mirando con ojos de amor a una compañera o escondidos en el pupitre del rechazo. Deseo que los enamorados de febrero no sean los peleoneros de octubre. En tanto, ¡que viva el amor y la amistad!