Decía Benjamin Franklin: “Mejor irse a dormir sin cenar que levantarse endeudado”. Si pudiera ver las cuentas de su país hoy, probablemente perdería el sueño.
Estados Unidos acaba de superar los 40 billones de dólares de deuda federal bruta. Sí, 40 millones de millones: un cuatro seguido de trece ceros.
La cifra necesita contexto. EU tardó casi dos siglos en acumular su primer billón de deuda, alcanzado en 1981. Hoy puede sumar otro en cuestión de meses: apenas en marzo pasado cruzó los 39 billones.
No todos esos 40 billones son deuda con terceros. La llamada debt held by the public ronda los 32 billones, prácticamente equivalente al tamaño de toda la economía estadunidense: alrededor de 101% del PIB. Para 2036 podría llegar a 120 por ciento.
¿Está quebrado Estados Unidos? Por supuesto que no.
Washington tiene un privilegio que cualquier deudor quisiera: se endeuda en la moneda que él mismo emite y que, además, sigue siendo la principal moneda de reserva mundial.
El problema no es pagar mañana. Es cuánto cuesta seguir pateando la pelota.
En 2026, Washington gastará aproximadamente 7.4 billones de dólares y recaudará 5.6 billones. Por cada 100 dólares que gasta, consigue 76 y pide prestados los otros 24. El déficit rondará 1.9 billones, casi 6% del PIB.
Y aquí aparece el elefante en la habitación: los intereses.
Este año, Estados Unidos destinará aproximadamente un billón de dólares exclusivamente a intereses de su deuda. Más que todo su presupuesto de defensa. Para 2036, la factura podría superar los 2.1 billones anuales.
Un billón que no construye carreteras, no desarrolla inteligencia artificial, no educa niños ni compra portaviones. Simplemente paga el pasado.
¿Cómo llegamos aquí?
Hay suficientes culpables para organizar una cena bipartidista. Reagan redujo impuestos y aumentó el gasto militar; George W. Bush agregó recortes fiscales y dos guerras; la crisis de 2008 obligó a Washington a abrir la cartera; Trump redujo nuevamente impuestos en 2017 y, finalmente, el covid convirtió al gobierno federal en aseguradora, banco y benefactor de última instancia.
Muchas de esas decisiones eran defendibles individualmente. El problema fue la suma.
Y no sólo Washington vive a crédito. Los hogares estadunidenses deben alrededor de 19 billones de dólares y las empresas no financieras, más de 22 billones. Sumando hogares, empresas y gobiernos, la deuda no financiera supera los 81 billones.
¿La solución? No hay magia: gastar menos, recaudar más o crecer mucho más rápido. Probablemente las tres.
El verdadero problema es político. Esto no se arregla cancelando viajes o comidas suntuosas de funcionarios. Ojalá… Los elefantes presupuestales se llaman Social Security, Medicare, Medicaid, defensa e intereses. Cualquier solución seria tendrá que tocar el gasto, aumentar los ingresos fiscales o ambas cosas.
Estados Unidos conserva enormes ventajas: la economía más poderosa del mundo, mercados financieros incomparables y una moneda que todos quieren tener. Pero ni siquiera eso deroga las matemáticas. El gobierno gasta alrededor de 23% del PIB y recauda apenas 18 por ciento. Mientras esa brecha permanezca, la montaña seguirá creciendo.
Quizá Franklin tenía razón: endeudarse no necesariamente impide cenar. El problema comienza cuando la cuenta de la cena llega todas las mañanas… con intereses como plato principal. Tomatazos en @MrMejiaCosenza
PA’L GORDITO
En Querétaro hay que repetir Pijo y pedir la cazuela de chistorra, los camarones al ajillo y un solomillo al gusto, rematando con una buena cañita.
