Pemex: primera prueba EPN

El viejo PRI desarrolló un discurso que se distinguió porque sus políticos hablaban mucho sin decir nada. Quién no recuerda los maratónicos y huecos informes de gobierno de horas, de Echeverría o López Portillo, o las crípticas declaraciones del sempiterno líder de los trabajadores, Fidel Velázquez.

La tragedia en el edificio B2 de las oficinas centrales de Pemex es la primera crisis que tiene que enfrentar el gobierno de Peña Nieto. La reacción fue rápida y mostró reflejos en el control de daños con acciones de comunicación pública, como pedir no especular y así ganar tiempo para investigar. Es ése un terreno en el que se mueve como en su elemento, no sólo porque el Presidente sea telegénico, sino porque reconoce el peso de la opinión y la importancia pragmática de la adhesión del público en situaciones tan graves como ésta.

El manejo mediático de asuntos públicos es una fortaleza del nuevo gobierno priista. Desde la campaña dejó ver el lugar preeminente de la publicidad política para cambiar la opinión ante reveses como el de la feria del Libro de Guadalajara o la visita de Peña Nieto a la Ibero. Ahora, ante el desafío de la explosión en la principal empresa del país, reaccionó con agilidad para tratar de cerrar el paso al rumor y se cuidó de no descartar ninguna hipótesis, incluso el atentado, contra la cultura de la sospecha. El procurador Jesús Murillo ofreció una investigación transparente para dar con las causas de la explosión, “sean las que sean”. La estrategia, además, privilegió la cercanía con las víctimas. Todo ello, sin embargo, será insuficiente sin el esclarecimiento de los hechos y, en su caso, el deslinde de responsabilidades. La realidad siempre emerge.

La comunicación es una forma de acción política. El nuevo gobierno confía en este recurso para establecer la agenda y movilizar a la opinión pública. Para ejercer el poder desde la creación de símbolos, por ejemplo, el Pacto por México como el espacio del “acuerdo nacional” para superar la discordia política que impide la modernización del país. Acompañado de una nueva narrativa pública que rescate el ánimo de los estragos de seis años de “nota roja” y “guerra contra el narco”; de nuevos discursos que inyecten optimismo en el futuro y ayuden a cambiar la imagen del país.

El nuevo gobierno atina en comprender que gobernar implica comunicar. Esa fue una de las fallas que se atribuyen al pasado gobierno en la “guerra contra el narco”, dado que sus acciones publicitarias terminaron por ser una apología de la violencia. Ahí está la lista de los criminales más buscados o la presentación de sicarios como figuras nacionales. Ahora esa épica y “trofeos de batalla” han dejado su lugar a una deliberada estrategia oficial de espiral de silencio en la que mientras menos se hable de la violencia, mejor.

La forma de comunicar sobre la inseguridad y el crimen es el punto más evidente de diferenciación con el anterior gobierno, pero no es el único. También en los nuevos términos de la política social “anti-hambre”. Sin embargo, la nueva administración se equivocaría en creer que la retórica puede sojuzgar permanentemente a la realidad o que la creencia en un liderazgo distinto se puede disfrazar con imágenes y discursos.

La idea de que se puede gobernar sólo con mensajes para la galería o puestas en escena mediáticas ya tuvo su primer revés con la presentación de las declaraciones patrimoniales de Peña Nieto y los miembros de su gabinete. El rechazo a aceptar un show sobre la transparencia sin real compromiso con la verdad, muestra que hay una opinión pública alerta contra las simulaciones.

El viejo PRI desarrolló un discurso que se distinguió porque sus políticos hablaban mucho sin decir nada. Quién no recuerda los maratónicos y huecos informes de gobierno de horas, de Echeverría o López Portillo, o las crípticas declaraciones del sempiterno líder de los trabajadores, Fidel Velázquez. Ahora el peligro es que la retórica mediática esté ayuna de substancia o que se desvincule de la realidad.

El país ha cambiado. La legitimidad del gobierno para el ejercicio estable y efectivo del poder público pasa por soluciones reales y por resolver problemas concretos. Por ejemplo, responder a la ola de violencia que agobia al Estado de México y cimbra al DF, aunque no haya una retórica de guerra, y por resolver la explosión en Pemex con una investigación exhaustiva sobre las causas de la tragedia.

Asistir a las víctimas es insuficiente para mantener el ánimo en alto porque, finalmente, eso depende de que haya justicia; de saber si se trató de un atentado o un accidente imprudencial o deliberado que, como en otras ocasiones, se explique por la corrupción o la falta de mantenimiento; de tener la seguridad de que se perseguirán a los causantes o se pedirán cuentas por actos de negligencia, mala administración o corrupción que afectan a la empresa.

                *Analista político

                jbuendiah@gmail.com

                @jbuendiah

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