¿Que será, que será, del IFAI?
Es hasta ahora exclusivo para regular y revisar la conducta transparente de las 250 instancias de la burocracia.
Hace más de un mes que en el Senado de la República se habla de la inminente reforma constitucional para transformar al IFAI (Instituto Federal de Acceso a la Información Pública y Protección de Datos).
En México hemos sido amamantados por las siglas oficiales, en el ayer, la Conasupo, el IMPI, que se volvió el DIF, la UNAM, el IMSS, la PGR, Pemex, la SEP, luego el IFE, el Trife (que en realidad es el TEPJF). Etcétera.
Algunas de esas siglas dicen de su utilidad mucho más que otras en la conciencia cívica, pero todas refieren ángulos y trozos de la fisonomía del Estado mexicano desde el sentir ciudadano.
El IFAI es el arquetipo de “los centinelas de la apertura informativa” que siguen sus similares estatales, sólo que (si abarcan a la totalidad de las autoridades locales y algunos mendigan autonomía fáctica y un presupuesto minúsculo) el IFAI no es el único federal de su tipo, entre los otros poderes públicos federales y órganos constitucionales y universidades hay equivalentes, claro, son autocontroles.
El IFAI es hasta ahora exclusivo para regular y revisar la conducta transparente de las 250 instancias de la burocracia del Poder Ejecutivo federal.
Si ha de pasar una reforma ambiciosa para tales fines, sólo podemos exigir que sea muy buena.
Durante mucho tiempo se reformaba con súbita solemnidad la Carta Magna; ahora que la democracia se ha ensanchado, esas cuestiones se complican y obligan a los políticos de todos los colores a comparar más sus ideas y a llegar por fin a acuerdos que prometan soluciones. Y no siempre lo logran.
Con frecuencia, los diputados y los senadores dejan a medio camino las iniciativas.
Las congelan o las culminan con muy poca fortuna; normalmente siempre ocurre con las más complejas, hazañas de entendimiento público, que en metáfora política son las leyes.
Y esos motivos de consenso son para confeccionar mejor el ropaje con que se supone que el Estado ha de servir cual mayordomo, mozo, camillero o gendarme al ciudadano hipotético y común.
El Estado —democrático— es un “protector servicial” del ciudadano, pero prefiere ir vestido de su soberano (le agrada ser prepotente y engañoso). El Estado lleva en su instinto el imperio y no soporta ser cuestionado.
Por eso es urgente que el señor legislador (el Congreso de la Unión) calibre los proyectos, los dictamine y los apruebe en su caso, pero, con el enorme sentido del honor de servir, y bien, al hacer su función. Nada más, pero tampoco nada menos.
*Analista
@f_javier_acuna
