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Escritores errantes

Conrad deja su lengua para adoptar otra, el inglés, tal como lo hiciera después Nabokov

Uno de los escritores del mundo moderno que mejor ejemplifica la literatura errante es Joseph Conrad, por dos razones: no sólo porque abandona su tierra original para adoptar los mares y después radicarse en la capital del imperio británico globalizador, sino porque también deja su lengua para adoptar otra, el inglés, tal como lo hiciera después Vladimir Nabokov.

Conrad recorre el mundo como capitán de navío, en un mundo que ya nada tiene que ver con los mares de Ulises o de Eneas, de Colón o Magallanes ni con las rutas de seda o los caravansarys del desierto. Estamos ya en el mundo agitado de la industrialización y del libre cambio mundial de mercancías, en la era de las factorías, los trenes y los gigantescos barcos de carga.

Victoria, Lord Jim, El corazón de las tinieblas, La locura de Almayer, Bajo la mirada de Occidente son novelas de un conocedor profundo del hombre, analizado y descrito por encima de las fronteras, sin pasaportes, banderas o cruzadas nacionalistas. Nos dice Paul Morand que el “verdadero estatuto que nos hace vivir es el de extranjero”. Llega un momento en que el individuo viajero adquiere la certeza de que sólo desde tal ángulo puede sentirse libre en el camino hacia el fin.

Algunos pueblos han sido a lo largo de sus historias literarias, mucho más aptos a esa mirada. Es el caso de la literatura francesa, rica como la inglesa o la hispanoamericana en ese sentido. Desde el libro de Viajes de Bouganville y los comentarios al respecto de Diderot, cada década, cada año, ofreció algún libro inolvidable: Cándido de Voltaire, las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand, el Conocimiento de Oriente de Claudel, las obras viajeras de Michaux en Oriente y América, son algunos ejemplos. André Malraux signó toda su obra con la fuerza del viaje, Camus inmortalizó la figura adorable del extranjero y así sucesivamente sería interminable hacer el catálogo de esa actitud de la literatura francesa deseosa de canibalizar el mundo exterior, ávida de exotismos. Tres figuras ciñen con su corona hedonista esa aventura literaria y artística de los franceses: me refiero a Chateaubriand, Arthur Rimbaud y Paul Gauguin.

La parábola de Rimbaud en Abisinia es conmovedora porque surge del deseo total de abandonar su país y su propia obra literaria, que se queda atrás como el fruto de las fatigas de un extraño, como si el adolescente genial que fue se hubiese fosilizado. El viaje de Rimbaud tiene todos los elementos necesarios a la imaginería del forastero: comercio, armas, tráfico, ilegalidad, violencia, desiertos, camellos, parihuelas, fiebre, enfermedad y muerte. En el caso de Gauguin en Polinesia los elementos son aún más vistosos, pues se trata aquí del nieto de Flora Tristán, la aventurera, la feminista combativa de origen peruano.

En sus ya mencionadas Memorias de Ultratumba, elaboradas a lo largo de la vida, de manera minuciosa, a través de innumerables palimpsestos a los que aplicó la más refinada tortura de la corrección, Chateaubriand relata su existencia con esa prosa moderna que dos siglos después es absolutamente eficaz. El pequeño noble ve la ruina de la aristocracia, asiste a la Revolución, viaja al Nuevo Mundo, ve la caída de Napoleón, colabora con las restauraciones y alcanza a vislumbrar la República y la Democracia modernas.

Todos ellos nos cuentan el tiempo indefinido de viaje, el bullicio de la carroza, el tren o el barco, las maletas de los viajeros que van y vienen cargados cada uno con su peculiar odisea. Porque al fin de cuentas cada vida, incluso si ha transcurrido en un mismo lugar, es una odisea. En cada ser estático hay un Ulises. En todos los que esperan el tren próximo se agita un Conrad o un Rimbaud.

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