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Libros libertinos

Hay una larga tradición de libros libertinos que se remonta la Roma Imperial y al despunte de la modernidad en el Renacimiento, obras donde fluye el cuerpo con total libertad bajo improntas paganas primero y luego desmarcándose de la represión inquisitorial y la rigidez ...

Hay una larga tradición de libros libertinos que se remonta la Roma Imperial y al despunte de la modernidad en el Renacimiento, obras donde fluye el cuerpo con total libertad bajo improntas paganas primero y luego desmarcándose de la represión inquisitorial y la rigidez religiosa del medioevo.

Basta ver las ruinas de Pompeya, sus frescos y objetos cotidianos para entender que el arte del amor hacía parte esencial de la vida de patricios y plebe: imágenes desbordadas de erotismo en paredes, vasijas y superficies diversas, cuando no representaciones en pequeñas esculturas, muebles, camafeos e instrumentos de la vida diaria.

En los miles de vasos griegos expuestos en el Louvre y otros museos se reproducen crudas escenas del coito en todas las posiciones posibles entre personas de ambos o del mismo sexo. Obras de una perfección fascinante que nos maravillan porque representan un culto al cuerpo atlético, radiante en todo su vigor juvenil, a través de ninfas, efebos, venus, gigantes, héroes hercúleos, guerreros o madonas.

En Grecia la filosofía se practicaba en bacanales libertinas que vemos bien descritas en los diálogos de Platón, donde el ebrio Sócrates va de puerta en puerta libando y llega al destino para seguir la fiesta y discutir y pensar al calor del vino y la orgía sexual.

En la Roma Imperial se superaron todos los límites y en el Coliseo el erotismo llegó al máximo sadomasoquista con gladiadores que combatían y morían descuartizados en la arena ante el público expectante, con sus pieles sudorosas que brillaban bajo el sol veraniego.

Y en el Renacimiento, en Venecia y otras ciudades, los libertinos estaban al acecho enmascarados y disfrazados, practicando la aventura de la seducción y la fiebre de buscar a toda costa el placer desbordado. De esa era datan ya grandes textos como el Decamerón o los poemas de Aretino, así como las Memorias secretas, donde se cuenta en detalle la deriva sexual de los amantes en la lujuria y la fornicación.

La era de la Ilustración, o sea el Siglo de las Luces, refinaría ya al máximo el arte del libertinaje a través de cientos de novelas anónimas o firmadas, donde se cuentan las aventuras eróticas de todas las clases, practicadas al escondido de las leyes y las reglas morales en vigor. El gran Giacomo Casanova sería una de las máximas leyendas de esa práctica aventurera, a la que se une luego la más excesiva de todas bajo el nombre del gran Marqués de Sade, quien imaginó todas sus atrocidades en las cárceles a donde fue confinado por sus abusos.

La biblioteca de la Pléiade de la editorial Gallimard publicó en dos volúmenes una muestra de las principales novelas libertinas de la Ilustración dieciochesca, escritas a veces por grandes autores que prefirieron ocultar su nombre tras un vistoso seudónimo.

Algunos se destacan como el gran novelista libertino Retif de la Bretonne, y otros como Dorat, Nerciat, Godard de Beauchamps, Meusnier de Querlon, Boyer d’Argens y Gervaise de Latouche, entre otros, que publicaron libros prohibidos como Teresa Filósofa, El pie de Fanchette, el Nieto de Hércules o El niño del burdel, La Mesalina francesa y La costurera Margot, que aparecían en ediciones clandestinas ilustradas con detalle por grabadores de talento y fueron conservados secretamente en el famoso Infierno de la Biblioteca Nacional de Francia.

Las novelas libertinas del siglo XVIII son además estudios sociológicos de su tiempo, que presagiaba la Revolución y el fin del régimen aristocrático bajo la monarquía, agotado desde hace tiempo.

Luego vinieron los escritores decadentes de fines del siglo XIX y a comienzos del XX, grandes maestros del erotismo y las literaturas prohibidas como Oscar Wilde y Marcel Proust, cuyo En busca del tiempo perdido es un amplio fresco de la pasión erótica prohibida.

En nuestra época, Roger Vadim y Klaus Kinski son herederos contemporáneos de Casanova y Sade. El realizador Vadim es muy claro en sus Memorias, pues desnuda sus amores con hermosísimas mujeres, iconos máximos del siglo XX como son Brigitte Bardot, Annette, Chatherine Deneuve y Jane Fonda, entre otras, todas absolutamente espectaculares, mitos deseados de la pantalla moderna.

Vadim poseyó y tuvo hijos con los tres más bellos símbolos sexuales de su tiempo, Bardot, Deneuve y Jane Fonda, actriz que a sus 75 años de edad declara tener una activa vida sexual, con lo cual anima a los ancianos y a los miembros de la tercera edad a no dejarse morir en la inactividad y reclamar su derecho a una vida sexual libre y feliz.

El actor Klaus Kinski, en su libro Yo necesito amor, publicado por Tusquets en la colección La Sonrisa Vertical, nos muestra la desesperación de un hombre que pasa su vida día a día buscando hacer el amor a toda costa con todas las mujeres que se cruzan por su vida, desde mucamas a princesas.

Su obra, como la de todos los libertinos, es el relato de una búsqueda de cuerpos, de las ansias locas de amor, de los amores que nacen y mueren, el dolor de amar, separarse, vivir solo, y sobre todo de la impronta genética del deseo que signa a los humanos con su tinta indeleble. Su consigna es dejarse llevar por Eros, porque la vida se acaba rápido y nadie podrá lamentarse ya de lo no hecho cuando ingrese a la nada.

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