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Octavio Paz en su salsa

Uno podía estar en desacuerdo con él, pero respetaba su espíritu polémico

Octavio Paz fue durante mucho tiempo en México una especie de padre escuchado, maestro del que todos aprendían, aunque también un ogro temible que no perdonaba a sus enemigos ideológicos o literarios. A veces lo mostraban en las caricaturas como un furioso dios griego rodeado de rayos y centellas que regañaba a sus súbditos.

En esos tiempos Paz se había acercado al poder y olvidado sus juveniles ideas y casi toda la intelectualidad de su país lo criticaba por su cercanía con los poderes mediáticos y su amistad con las grandes figuras del partido gobernante, mientras era muy severo con los candidatos, intelectuales o personalidades de izquierda, a las que fustigaba día a día en la prensa.

Uno podía estar en desacuerdo con él, pero respetaba su espíritu polémico y la buena prosa con la que emprendía sus batallas en las décadas posteriores a mayo de 1968 y el auge de las ideas del Peace and Love y el sueño revolucionario. Al final de su vida luchaba contra los molinos de viento de la izquierda, a la que consideraba ya vencida para siempre y el origen de todos los males.

Paz (1914-1998) era un anciano lúcido, inquieto, que nunca se inclinaba o se fatigaba en las batallas intelectuales. Era también un ejemplo de fuerza literaria, ambición y espíritu polémico, capaz de abordar todos los temas del momento cuando el mundo experimentaba grandes cambios culturales, concluía la guerra fría, el mundo bipolar, se hundía el bloque soviético y parecía terminar para siempre la historia, como decía Fukuyama. Las comunicaciones se hacían más veloces y la globalización se extendía y dominaba todo y ese nuevo orbe cultural lo fascinaba.

Inspirado en varios pensadores antitotalitarios como Cornelius Castoriadis o Claude Lefort, defendía a la democracia occidental y combatía las ilusiones generadas en América Latina por el régimen cubano, la imagen crística del Che y la lucha armada guerrillera en busca del poder. Saludó las revoluciones en los países del Este, el combate de Lech Walesa en Polonia y celebró la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento de la Unión Soviética.

En eso, por supuesto, tenía razón, aunque el combate por la democracia lo llevó como a muchos a cerrar los ojos a los abusos de las potencias occidentales y a desconocer la legitimidad de las ideas y combates sociales de izquierda, que expresaban el profundo dolor infligido a los débiles por las fuerzas triunfantes del capital y de un Occidente militarizado, egoísta, soberbio y acrítico.

Los acontecimientos del siglo XXI han vuelto a desenmascarar los abusos de ese capital multinacional triunfante, impune y arrollador, que llevó a la ruina a muchos países y puso en jaque a la propia Europa y a Estados Unidos y develaron, como lo hizo WikiLeaks, las mentiras y atrocidades ocultas cometidas por el poder imperial estadunidense bajo los gobiernos de los Bush a nombre de la “libertad”.

Las nuevas olas de manifestaciones de los indignados en Europa, equiparables a las revoluciones románticas de 1848 en ese continente, mostraron también en 2011 que la historia no había terminado y era legítimo combatir y rebelarse contra los horrores de las fuerzas arrogantes de Occidente, supuestamente “libre”. Y evidenció además que se puede luchar por la justicia social y la defensa de la naturaleza sin ser calificado de totalitario o ingenuo y que el capitalismo y la sociedad consumista gerenciada por los corredores de bolsa requieren controles, sin que ello signifique regresar al viejo estatismo del comunismo derrotado. Incluso hasta Keynes y Marx renacieron de sus cenizas en la primera década del siglo XXI.

En los últimos años, después del Nobel, a Paz se le veía más reconciliado, pues había triunfado en todos los frentes: la izquierda que criticaba con saña parecía ir entonces hacia la ruina, el mundo se reconstruía en otras placas tectónicas culturales que parecían dar razón a ciertas derechas y la Academia Sueca le dio el Nobel como una forma de cerrar el capítulo de Neruda y García Márquez, colombiano este último a quien Paz ignoró en su revista Vuelta cuando obtuvo antes que él su preciado galardón sueco. ¿Qué pensará ahora en su tumba de Montparnasse el otro coloso mexicano, Carlos Fuentes?

Sin embargo, durante esos años de batalla la poesía y los ensayos de Paz, como Los hijos del limo, Los signos en rotación, El arco y la lira, Cuadrivio, El mono gramático, Sor Juana Inés o las trampas de la fe, entre otros muchos, fueron claves para los lectores.

Paz murió convencido del triunfo final de su ideario, sin intuir que una década después, en medio de la crisis, las ideas de izquierda humanista renacerían de sus cenizas a comienzos del siglo XXI en Europa y Estados Unidos y que volvería a ponerse de moda la lucha por la justicia social en América Latina, gobernada casi toda por presidentes de izquierda moderada, algunos hasta ex guerrilleros o sindicalistas, que obtuvieron el poder por vía electoral.

Paz tuvo suerte de nacer en un país milenario y complejo, faro prehispánico y colonial, por lo que escribió una bella y profunda obra poética y ensayística que perdura. La imagen de México en el mundo ha sido tan fuerte como la de Egipto, Japón o la India y por eso abordó desde ese faro nacional los ejes en rotación de su cultura y escribió obras maestras como Piedra de sol y El laberinto de la soledad. La literatura y el arte lo salvaron de los demonios de la política y la ideología que han atormentado y malogrado casi siempre a los escritores latinoamericanos, tentados siempre por convertirse en tribunos.

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