Cultura de la prevención en la salud

- La esperanza de vida en México ha aumentado en los últimos 100 años.

En la semana estuve en una mesa redonda en el ITAM que se llamó Activemos México: ¿Cómo convertir al país en un líder en prevención de enfermedades y promoción de la salud?

Fue un evento muy interesante en el que se habló de temas filosóficos, con gente de diferentes formaciones académicas y profesionales. Participaron dos médicos con amplia trayectoria en servicio público, un líder corporativo que es director general de una aseguradora, y un académico.

He de reconocer que lo más interesante no fue mi plática, sino lo que anoté. Por esta razón decidí dedicar mi columna del día de hoy a compartirles algunas de estas ideas.

El punto de partida fue algo que los estudiosos de las ciencias sociales conocemos bien: el aumento en la esperanza de vida en México los últimos 100 años. Ésta pasó del rango de los 40 a 46 años a los 70 a 76.

La explicación está vinculada a un fenómeno que se puede decir “es una mayor tasa de sobrevivencia”. Hace 100 años la persona que vivía muchos años era porque no había muerto de diarreas, enfermedades respiratorias o de otras enfermedades infecciosas. Esto cambió y por lo tanto hay una mayor esperanza de vida.

Éste es un gran logro, pero ¿cuáles son las consecuencias no esperadas de este aumento en la esperanza de vida?

Primero, el hecho de vivir más permite que se desarrollen nuevos tipos de enfermedades.

Es decir, antes no daba tiempo a que las enfermedades crónicas se desarrollaran, hoy sí.

La gran mayoría de las diez principales causas de mortalidad hace 70 años eran enfermedades infecciosas. Actualmente sólo una de entre las diez es por una enfermedad transmisible.

La política pública de vacunación obligatoria propició que se dieran las condiciones. Esto fue posible porque existían los mecanismos que obligaban a la gente a vacunar a sus hijos.

Ante este cambio en la dinámica de las enfermedades, los agentes económicos se deben adecuar. En resumen, hay que enfocarse en nuevos aspectos y cambiar conductas y actividades.

Uno de los ponentes comentó que en la formación académica de los doctores se deben cambiar aspectos de su entrenamiento. Hoy están enfocados a labores curativas y no a labores preventivas.

La infraestructura de hospitales hay que reorientarla. Buena parte de la infraestructura hospitalaria está diseñada para enfermedades de tipo infeccioso, donde la estancia del paciente es corta. Sin embargo, las enfermedades de tipo crónico implican mayores tiempos en los hospitales. Por esta razón hoy es más común hablar de infecciones en los hospitales.

Ahora bien, las enfermedades crónicas se pueden prevenir con buenos hábitos. La política pública debe estar orientada a lo anterior, suena lógico y hay consenso. El problema no es el qué sino el cómo. En este caso no se puede hacer algo obligatorio como en la vacunación.

Hay que convencer para que otros actúen, eso es lo difícil. ¿Cómo convencer a un joven de 20 años que se empiece a cuidar para reducir la probabilidad de tener diabetes? Hoy no tiene una adecuada percepción del riesgo, por eso no actúa.

Al final, me sale lo economista, la respuesta es clara: hay que dar los incentivos correctos. Información y conocimiento no generan cambio de actitud, hay que inducirlo. Y para esto hay que ser creativo y por la vía de prueba y error.

Por ejemplo explorar conceptos innovadores como una propuesta de fomentar el distintivo de “Empresa Saludable” o cambiar la regulación porque los gastos en prevención no se pueden incluir en el seguro de gastos médicos.

El mensaje es claro: debemos tomar conciencia y actuar para tener una mejor calidad de vida.

*Director general del FUNDEF y profesor del ITAM

guillermo.zamarripa@itam.mx

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