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Visita a Brujas la muerta

Millones de turistas la visitan y ahora se ha convertido en un Disneylandia medieval

Había conocido siempre a Brujas a través de la referencia de Georges Rodenbach, escritor decadente belga de fines del siglo XIX que publicó en su honor en 1898 Brujas la muerta, primera novela ilustrada con fotografías, cuyo éxito estético no se dejó esperar, conviertiéndose rápido en obra de culto secreto.

En aquellos tiempos de guerras y auge desbocado de la industria y las finanzas, artistas ingleses y europeos prefirieron optar por el esteticismo a ultranza, aislándose del mundo por medio de una literatura y un arte calificados de mórbidos por los críticos convencionales.

En torno a Oscar Wilde toda una serie de pintores, poetas y escritores ingleses, como los llamados prerrafaelitas, crearon obras donde flotaba un mundo extraño de gran sensualidad que convocaba a viejas mitologías paganas y religiosas medievales o milenarias y las hacía viajar hacia la inquietante modernidad.

A su vez en Francia y Bélgica varios autores siguieron ese mismo camino con obras extrañas como las del dandy Barbey D’Aurevilly y el excéntrico Joris-Karl Huysmans, sin olvidar al precursor más notable, el gran Baudelaire, autor de Las flores del mal o el norteamericano Edgar Allan Poe.

El deseo, la sensualidad mórbida, el cuerpo, la piel, la muerte, el suicidio, estaban presentes en esas obras que suscitaban la desconfianza de los ámbitos tradicionales y el desprecio y la aversión de los artistas del realismo y el naturalismo en boga. Se trataba de la lucha entre el bien y el mal y de la expansión del pecado como fuente de placer.

Para demarcarse de la sociedad, esos jóvenes se vestían de manera estrafalaria, como lo hacía Wilde, haciendo dudar a veces a los observadores sobre su verdadero género sexual y vivían en comunas donde experimentaban con la música, la fotografía, la pintura y la literatura, marcados por la aparente insania de sus motivaciones. En su visita a EU, Wilde causó conmoción por su vestimenta y actitudes afeminadas.

Las mujeres de esos grupos se vestían de manera ultranatural, lejos de los corsés y la parafernalia de la moda victoriana. Andaban descalzas, eran seductoras, provocaban el deseo desbordado de sus contemporáneos, posaban para fotógrafos y pintores y expresaban cierta inspiradora langidez poética. Lewis Carrol llegó incluso a destacar de manera cifrada el erotismo de las niñas.

Brujas, vieja ciudad muerta, fue un próspero puerto medieval autónomo que se convirtió en la Venecia del norte, a donde llegaban y salían todas las mercancías del mundo.

Llena de torres medievales, molinos, iglesias góticas, callejuelas y canales, fue muy codiciada por todas las potencias nacientes y experimentó diversas dominaciones, entre ellas la española en tiempos de Fernando e Isabel la Católica y Carlos V, en cuyo imperio nunca se ocultaba el sol y cuya visita a la ciudad quedó plasmada en bustos, cuadros, esculturas. También la dominaron sucesivamente los austro-húngaros y Napoleón.

Todo en esa ciudad huele a tiempo e historia, bajo la impronta del catolicismo y el tañido de las campanas. En sus recodos hay puentes memorables, remansos y lagos donde flotan o descansan los emblemáticos cisnes de la poesía. Y hay viejos hospitales y conventos y casas intactas de los tiempos de Brueguel, El Bosco y Rembrandt que huelen a siglos, a madera vieja, a crujientes vigas centenarias.

Ese ámbito fue escogido por Rodenbach para el retiro de un joven viudo rico destrozado por la muerte de su esposa amada. Allí encontrará al doble de la muerta, una actriz libertina y ambiciosa con quien decide vivir en concubinato en medio de las críticas y burlas de la sociedad.

Esta novela de extremo erotismo mórbido tuvo gan éxito en su momento al incluir fotos en blanco y negro de esos recodos y monumentos por donde transcurrió esa historia de amor con una muerta en una ciudad muerta, vigilada por las agujas de las catedrales y la mirada severa de monjas, curas y burgueses prósperos.

Millones de turistas visitan a Brujas y ahora se ha convertido en un Disneylandia medieval donde reina el chocolate, la cerveza, el futbol y la moda, pero para entenderla, ingresar a su secretos, es necesario quedarse ahí como lo hice en el decimonónico Hotel Patritius,  deambular de noche por las callejuelas cubiertas de niebla, viajar por los canales de helada agua estancada y rodear las viejas construcciones llenas de fantasmas y espíritus y gemidos de dolor crístico.

Rodenbach me guió hacia sus calles y en ellas volví a gozar esa obra finisecular cotejando la realidad actual con las fotos. Nada ha cambiado. En la preciosa capilla gótica de la Santa Sangre, donde se encuentra el relicario traído por un cruzado desde Jerusalén en el siglo XIV, se siente el fanático fervor de las cruzadas.

Lo fascinante es que Brujas se parece a nuestras ciudades coloniales latinoamericanas como Quito, Oaxaca o Zacatecas, y otras italianas, este europeas o ibéricas donde reinó la España de la Inquisición y donde los rituales de llagas y silicios del catolicismo más animista colindan con el erotismo de las obras de Charles Baudelaire, Oscar Wilde y otros decadentes. Ese sincretismo mórbido sedujo a Rodenbach para hacer de Brujas el escenario de una novela muy antigua y muy moderna y atrae hoy a los lectores que acudimos a ella para desafiar el tiempo a pesar de Disneylandia.

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