Las tenaces rutas del priismo

Gerentes, empresarios y toda clase de egresados de la iniciativa privada no han sabido qué es la política.

El priismo se niega a morir, es tenaz en la búsqueda de inmortalidad. Cuando en 2000 perdió las elecciones ante un ranchero ignorante y lenguaraz, y en 2006 frente a un Calderón que se hacía llamar el hijo desobediente, nadie apostaba por su sobrevivencia. Fuerzas emergentes como el PRD y longevas como el PAN parecían desplazarlo. Pero la cultura priista, edificada con terquedad a lo largo de siete décadas, resistió el embate y de nuevo parece regresar sin siquiera haber pedido una disculpa por su autoritarismo, a veces draconiano, ni por sus excesos en la formación de una sociedad desigual y corrompida. Bastaron un hombre carismático y un político talentoso como Manlio Fabio Beltrones para que el retorno amenazara. Contribuyeron dos elementos no despreciables: la intensa y veloz corrupción del PRD, formado principalmente por ex priistas y la total incapacidad del PAN, organismo que llevó al Estado a una extrema degradación. Gerentes, empresarios y toda clase de egresados de la iniciativa privada no han sabido qué es la política, al servicio de quién debe estar. Hoy PAN y PRD, hermanos más de una ocasión contra el PRI, no tienen rumbo salvo el electoral: divididos, sin ideología coherente con sus acciones, tratan de parar al monstruo a base de exorcismos ingenuos y bravatas tipo Ernesto Cordero. Hasta las instituciones, rutinas y lenguaje impuestos por el PRI han conservado. Si alguien desea aspirar a la Presidencia, es un tapado, si apoyan a un candidato, es la cargada. Nos llenaron de priismo. Se hizo una poderosa cultura que todos utilizan: los partidos opositores y los medios de comunicación. Ello junto le ha dado a México unas exageradas nostalgias.

Marcelo Ebrard, hijo de tres padres (cuatro, si contamos al biológico), Carlos Salinas, Manuel Camacho y López Obrador, es un acabado priista de la época neoliberal. Si AMLO sabía llevar a excesos los métodos priistas de acarreo, golpes publicitarios, demagogia sinfín, populismo elemental, Marcelo simplemente los refinó. Su V Informe y el modo en que busca la candidatura perredista son pruebas de ello. Eliminó, como el general Cárdenas, a su molesta y modesta versión de jefe máximo en la figura de Martí Bartres. Acto seguido, recurrió al día del presidente en menor escala: un fastuoso evento al que llegaron miles de acarreados, los beneficiarios de los programas sociales del DF y un lunch para cada esforzada víctima. Fueron días de intensa actividad: las distintas fuerzas del orden capitalinas intentaron desaparecer inútilmente a los vendedores ambulantes. Tanto en las principales calles como dentro del Metro, policías armados de toletes perseguían a todos aquellos que han inundado con chatarra y mercancías pirata al DF e inhibían a ladrones y asesinos, a vendedores de droga en pequeño. Marcelo Ebrard habló con la verdad en las manos: Soy el mejor alcalde del mundo y la ciudad una isla paradisíaca en medio de la violencia que el panismo no puede vencer. A los acarreados se sumaban los que desean sucederlo aplaudiendo como focas y sonreían de felicidad. De Barrales a Delgado. Su mejor aliado, Martín Esparza estaba feliz: juntos habían maniobrado para vencer a un ingenuo político llamado Calderón. Las izquierdas en pleno votarán por Marcelo para candidato presidencial en contra de López Obrador, quien se conformó con aparecer en las pantallas televisivas el día que arrancó el futbol americano, en un anuncio pagado por sus leales.

En la comilona que Ebrard ofreció a los cercanos e invitados Vip, reiteró sus promesas y añadió que él solito combatirá el cambio climático, pondrá playas artificiales en las costas y eliminará la miseria. No, pues sí. El priismo no ha desaparecido del escenario político, los mexicanos piensan con razón que es mejor votar por los originales antes que por clones de características bufonescas.

*Escritor y periodista

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