Por qué no me gusta Larsson

Mario Vargas Llosa me incitó a leer Los hombres que no amaban a las mujeres

Tengo deudas a granel con Mario Vargas Llosa pero, también, un reproche que formularle: me incitó a leer Los hombres que no amaban a las mujeres, haciéndome creer que se trataba de Literatura, con mayúscula.

“Acabo de pasar unas semanas, con todas mis defensas críticas de lector, arrasadas por la fuerza ciclónica de una historia”, escribió, “leyendo… la trilogía de Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de niño y adolescente leí la serie de Dumas”.

Si la estruendosa publicidad que se generó en torno a la trilogía, o el hecho de que su autor muriera poco después de publicarla, no consiguieron que yo me aproximara a ella, los elogios del Nóbel peruano me doblegaron.

Cuando concluí la lectura del primer tomo, sin embargo, sentí que Vargas Llosa me había jugado una mala pasada. No era preciso continuar con La chica que soñaba con un cerillo y un galón de gasolina, ni con La reina en el palacio de las corrientes de aire para constatarlo.

La novela tiene sus méritos y, si lo que Larsson pretendía era denunciar que en Suecia, como en cualquier latitud, existen pillos y sicópatas para todos los gustos, lo consiguió. Pero el trabajo resulta exagerado, inverosímil de cabo a rabo.

La trama es conocida: más de 40 años después de que su sobrina desapareciera sin dejar rastro, un rico empresario que, en vano, ha contratado a los mejores detectives del mundo para dar con ella, recurre a un periodista financiero (que no tiene por qué inspirarle ninguna confianza) para que solucione el enigma. Luego de revisar periódicos viejos y fotos antiguas, auxiliado por una joven desadaptada que se dedica a hackear, el periodista da con la sobrina, quien aún se hallaba viva, convertida en una próspera ganadera… en Australia. ¿Que por qué se había ido? Porque temía que alguno de sus sicóticos parientes la pudiera desollar.

Como si quisiera curarse en salud frente a tamaño disparate, Vargas Llosa advierte: “La novela no está bien escrita… y su estructura es con frecuencia defectuosa (pero)… el lector pasa por alto las deficiencias técnicas, engolosinado… con los percances… que, a cada paso, dan cuenta de una vida… en la que, pese a la presencia sobrecogedora y ubicua del mal, el bien terminará siempre por triunfar”.

Esto, desde luego, podría aducirse de El conde de Montecristo, cuando, a falta de cine o televisión, los lectores aguardaban, ansiosos, la siguiente entrega: ¿lograría Edmond Dantès vengarse de sus verdugos? La impaciencia les obligaba a hacerse de la vista gorda cuando el protagonista —preso durante años y alejado de todo contacto con la sociedad— procedía con desparpajo a usurpar identidades, desestabilizar valores bursátiles o llevar a la quiebra a sus antiguos amigos. Pero era otra época.

Yo no puedo hacer concesiones cuando no entiendo por qué una mujer abandona a su familia sin decir agua va. No concibo que un periodista se convierta, de la nada, en detective estrella, o que una retraída hacker, surgida de los barrios bajos, un buen día decida vaciar la cuenta de un avieso millonario y comience a darse vida de princesa, con un desenfado y un know how que envidiaría Paris Hilton.

La ilusión de que los pillos siempre son castigados tiene que satisfacerse en la Literatura, sí, pero con textos inteligentes, estructuras lógicas y personajes bien perfilados. De otro modo, en un mundo globalizado, películas como Capitán América o Linterna Verde representan alternativas más emocionantes.

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