La guerra en los tiempos clásicos
El descubrimiento de los metales trae aparejado el surgimiento de la guerra, cuyos primeros relatos corresponden a los cantos de Homero
(Primera parte)
La pelea de todos los tiempos, la guerra de los tiempos históricos, los tratados sobre el arte de la guerra, de tiempos ya muy avanzados, generalmente se refieren a la estrategia o conducción de los ejércitos en el teatro de la guerra, o bien a la táctica o conducción de las tropas en el combate mismo.
Tales tratados aparecen como una derivación de la historiografía, como un saldo particular de la experiencia acumulada y registrada en las obras de historia o, para decirlo en lenguaje de Polibio, como una función pragmática o aleccionadora de la historia.
En la prehistoria, durante la época paleolítica o la neolítica, que cubre unos 28 mil años, del 30 mil al 2 mil a.C., las reliquias arqueológicas no permiten suponer que existía la guerra organizada, aunque haya toscos instrumentos de ataque y defensa, más bien destinados a las fieras, aun cuando las tribus las hayan usado en sus riñas más o menos informes. Cuando sobrevienen las primeras civilizaciones y el descubrimiento de los metales, sobreviene la guerra.
Primero se inventa la daga de bronce, que al alargarse se vuelve espada y al insertarse en un asta o pica se transforma en lanza. Y como respuesta concomitante, aparecen el escudo, el casco, la coraza. Éstos son los presentes que nos trajo la Edad de Bronce. La riña esporádica se torna actividad sistemática. Se crea el oficio del soldado y el arte de la capitanía. La guerra es ya un medio regular en la política de los Estados y un árbitro de sus destinos para los escasos siglos de civilización con que cuenta hasta hoy la raza humana.
Reconstruir los orígenes es empresa que raya casi en lo imposible. Sus antecedentes son anteriores a los testimonios propiamente históricos, escritos o siquiera grabados. Las grandes cunas de nuestra civilización, regiones fluviales como la del Tigris y Éufrates, o la del Nilo, sólo admiten ser investigadas a este respecto en épocas ya posteriores y cuando la guerra ha pasado de la infancia a la adolescencia. El primer mapa conocido, del conquistador sumerio Sargón de Akad, en 2,700 a.C., es un plano militar.
Después del bronce aparece el hierro, que apenas se cita brevemente en la llíada, y más como material de la agricultura que para construir armas o artefactos de guerra, salvo las flechas de Pándaro y la alusión a la clava del macero Areítoo. El hierro contribuirá poderosamente al triunfo de los invasores dorios, como metal más resistente y más económico.
Los primeros relatos sobre el arte de la guerra corresponden a las descripciones de las letras helénicas. La historia militar de Grecia puede dividirse en cuatro grandes periodos: 1) de los tiempos heroicos al final de las guerras persas; 2) de aquí a la batalla de Mantinea; 3) de Mantinea a la muerte de Alejandro; 4) desde la muerte de Alejandro hasta la expedición de Pirro a Italia.
En el primer periodo es fácil distinguir la era homérica de la era de las guerras heleno-persas, que se significan por la lucha de la lanza contra el arco. El segundo está dominado por el nombre de Jenofonte. El tercero y el cuarto caen ya en la Edad Alejandrina, no corresponden ya a los albores del arte. El desarrollo es palpable de una a otra etapa, y los tratados verdaderos pertenecen a los últimos tiempos.
El primer periodo, que empieza en los tiempos heroicos y más o menos se reconstruye a través de los poemas homéricos, comprende también la organización de la infantería doria. Testigo de esto es el poeta Tirteo. Aquí caben también las vagas referencias de Herodoto y sus reconstrucciones posibles de las guerras persas, donde alguna vez, como en la excepcional tragedia Los persas (por haberse perdido la anterior de Frínico sobre La caída de Mileto, que arrebató a los públicos al punto que se la prohibió y se multó al autor), la poesía de Esquilo acude a completar la historia.
Homero está en el origen de todas las cosas griegas. Sin ser un tratado militar, la llíada es una mina de preciosas noticias, a pesar de su fantasía. El poeta no se ha propuesto explicarnos el sistema militar de una época que él mismo describe como historiador de leyendas y mitos, ni tampoco lo necesitaba para sus auditores, quienes consideraban la educación bélica como parte natural de su formación de ciudadanos y constantemente tenían que recurrir a las armas a modo de actividad corriente.
El poeta apenas necesitaba hacer una vaga mención para ser bien comprendido por sus auditorios, tanto las cortes guerreras como “las mozas del mercado y los pescadores, los pastores y los marineros”. Naturalmente, el lector contemporáneo no puede de igual modo desentrañar el sentido y representarse el objeto de las alusiones homéricas. Aquí la ayuda de su erudición, juntando y articulando las piezas, es notable. Aun así, la guerra homérica tiene muchas partes oscuras.
Los helenos de la Ilíada aparecen como una asociación poco coherente. Agamemnón, más que un jefe conductor, ruega y amenaza más que manda. No hay mando único. Cada monarca militar por él reclutado campea un poco por sus respetos, manda como le place, encabeza a sus propias tropas, él en su carro al frente, ellas a pie.
El carro es aquí una reliquia de los tiempos del nomadismo, es máquina de transporte y no de combate, vehículo y no tanque, del que hay que bajar frecuentemente para combatir. Este primer carro griego desaparece en cuanto los griegos aprenden a montar a caballo.
