El placer de sumergirse en la caja de recuerdos

Cuando caigo en su interior, nado desorientada, hace tiempo que no entraba en estas aguas.

Yo guardo la mía en casa de mi madre. Siempre que vuelvo, en algún momento abro el clóset para buscar cualquier cosa y ahí está ella; a pesar de los años sigue emanando luz, tanta, que me olvido de aquello que estaba buscando. Qué tentador volver al pasado. Atrapada por una curiosidad familiar la saco y, sentándome en el suelo, paso unos minutos mirándola con cariño, la arrullo. Antes de retirar su tapa de madera, tomo una larga bocanada de aire preparándome para la inmersión. Cuando caigo en su interior revuelto, nado desorientada, hace tiempo que no entraba en estas aguas. Montones de recuerdos navegan a mi alrededor, me sujeto de una postal que flota a mi lado, creo reconocerla. ¿Y aquella carta? Un viejísimo boleto de cine y el murciélago de plástico fosforescente… méndigo trepador, si pudieras hablar...

Ahora en descenso, alcanzo a ver fotos a través del agua: un antiguo amante paseando en mitad de un bosque cerrado de verdes. Sonrío y entonces, sin previo aviso, lo que era agua se torna isla esmeralda y, a lo lejos, todavía bastante lejos, escucho aquel otro mar. Camino entre todos los verdes, con las botas hundidas en lodo, observo detalladamente para crear recuerdos fidedignos. Oigo a D gritar a pocos pasos de donde estoy: corre, si sube la marea no podremos regresar… Se quita los zapatos, lo veo brincotear y toma la delantera, no me espera, nunca espera… Miro que se aleja hacia el horizonte, un horizonte que va cubriéndose con la fotografía de un ave muerta, de un grupo de amigos viajeros, la yegua blanca: Hope, con la que hablaba cada mañana, era medio unicornio… una yo chiquita que juega en el río, cielo desierto, selva, una amiga desnuda y alas y alas de libélula… Mis vidas, impresas en papel, toman aquella la línea lejana como escenario para sucederse una tras otra.

Entre imágenes, nostalgias, objetos y añoranzas, vuelvo a encontrarme con mi mala memoria: hundida en una esquina hay una nota que reza: juzgarnos por nuestros fracasos es echar la culpa a las estaciones por su inconsistencia; espío recuerdos, pero sigo sin tener idea de dónde salió… La corriente arrastra una hoja impresa, es un mail de mi querido amigo, logro escucharlo aunque habla desde el otro lado del mundo: el movimiento es esencia, dice; no hay que atraparse en un frasco, me invita a correr, a dejarme fluir… Sin darme cuenta, sus palabras forman un remolino, me atrapa melancólico. Giro y giro enredada en una carta de amor que no pude corresponder, una desgracia… Giro estrellándome contra un libro de poemas que me recuerda un regreso, una mañana, un mercado y lágrimas de belleza: mérito del poeta. Giro y giro, una postal epiléptica de mariposa se retuerce a mi lado y la caja de música miniatura, toca para aquella alumna con quien pasé horas de desahogo. Giro con un tumulto de plumas negras que hacen cosquillas, se han desatado de la tienda de campaña que solían adornar… y girando, girando llego hasta el fondo…

Aterrizo sobre un colgante de plata, regalo de mi abuela, apretándolo fuerte entre mis manos la invoco: sentadas en un jardín de flores secas unidimensionales, que crecen sobre una isla caribeña, conversamos y tomamos licor de menta a sorbitos; imágenes de focas juguetean a nuestro alrededor, el viejo rancho aparece en un rincón, amigos lejanos pasan a saludar. Ahí en el  fondo resuenan cientos de  palabras que caen de cartas, postales, cuadernos…

La corriente me lanza un mapa enorme de los que es imposible volver a doblar, enredada en él, no veo por dónde volver… Y entonces, desde la superficie escucho el grito: ¡ya está la comida! Con desgano me desembarazo del mapa sin tratar de doblarlo. Beso a mi abuela en la mejilla, me da pena dejarla sola. Resignada desabrocho el colgante, lo pongo en su lugar y con ayuda de una foca comienzo el ascenso despacio, no vaya a ser que sufra una descompresión, de los recuerdos más vale salir con cuidado.

Bajo a comer empapada, con los ojos todavía un poco fijos en aquellos otros muchos horizontes; escurriendo detalles de vida me siento a la mesa. Mis recuerdos descansarán hasta que los haya olvidado, entonces volveré a desempolvarlos para recobrar  la memoria.

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