Canadá frente a Trump: cuando la interdependencia se convierte en arma
DESAFÍOS DEL ORDEN MUNDIAL

Opinión del experto Global
Amos Olvera Palomino
La confrontación entre Washington y Ottawa contiene una lección que trasciende a Canadá: la globalización puede generar prosperidad mientras funciona como mecanismo de integración, pero puede transformarse en vulnerabilidad cuando las relaciones entre Estados ingresan en una etapa de competencia estratégica.
El reciente fracaso de las negociaciones comerciales entre Donald Trump y Mark Carney muestra precisamente esa transición.
Washington elevó al 50% los aranceles sobre numerosos productos canadienses después de que las conversaciones se rompieran en el último momento. Ottawa respondió anunciando represalias equivalentes y presentó la decisión como una defensa de su soberanía y de sus intereses nacionales.
Hasta ahí, parecería tratarse de otra disputa comercial.
Pero no lo es.
Carney llegó al gobierno canadiense con una visión del mundo que ya había expresado antes de convertirse en primer ministro. En 2019, como gobernador del Banco de Inglaterra, cuestionó la extraordinaria centralidad del dólar en las finanzas internacionales y sostuvo que el sistema monetario mundial necesitaba evolucionar hacia una estructura más multipolar.
Su planteamiento no era simplemente monetario.
El argumento implicaba que una economía mundial excesivamente dependiente de una sola moneda quedaba expuesta a las decisiones del país emisor.
En Jackson Hole llegó a plantear una moneda digital global capaz de disminuir la influencia dominante del dólar.
Aquella propuesta adquiere un significado distinto en el contexto actual.
Carney observa un mundo en el que las grandes potencias utilizan la integración económica como instrumento de presión. Trump, desde una perspectiva completamente diferente, pretende utilizar la posición económica estadunidense para reconstruir ventajas industriales y reducir dependencias que considera perjudiciales.
Dos respuestas distintas ante una misma transformación.
En Davos, Carney sostuvo que el viejo orden internacional estaba entrando en una ruptura y que las potencias intermedias necesitaban fortalecer su autonomía estratégica. Habló de energía, minerales críticos, cadenas de suministro, finanzas, defensa y nuevas alianzas.
La lógica es comprensible.
El problema aparece cuando esa estrategia choca con la estructura material de la economía canadiense.
Canadá exporta alrededor de 70% de sus productos a Estados Unidos. Ambos países mantienen cadenas productivas profundamente integradas, particularmente en automóviles, energía, manufacturas y materias primas.
Por ello, diversificar puede ser una necesidad estratégica de largo plazo, pero no constituye una sustitución inmediata del mercado estadunidense.
La diferencia entre ambos gobiernos se encuentra también en la concepción del poder.
Trump entiende que el tamaño del mercado estadunidense constituye una ventaja que puede convertirse en presión negociadora. Carney sostiene que esa misma concentración genera dependencia y que la respuesta debe ser construir alternativas.
Ambos argumentos contienen una parte de la realidad.
Estados Unidos posee una capacidad de presión extraordinaria.
Canadá posee recursos, capital, energía y una posición geográfica privilegiada, pero enfrenta una dependencia comercial difícil de desmontar rápidamente.
Por eso resulta insuficiente interpretar el conflicto como una simple pelea entre dos gobiernos.
Estamos observando el desgaste de una fórmula que durante décadas parecía indiscutible: que la creciente interdependencia económica produciría automáticamente mayor estabilidad política.
La experiencia actual demuestra lo contrario.
La misma infraestructura que permite producir conjuntamente puede convertirse en mecanismo de coerción. Las cadenas de suministro pueden transformarse en instrumentos de presión. Los mercados pueden utilizarse como palanca política. Las monedas pueden convertirse en herramientas de poder.
Carney identificó una parte de este problema mucho antes de la actual confrontación.
Trump está respondiendo desde otra premisa: recuperar autonomía mediante la reconstrucción de la capacidad nacional.
La paradoja es que ambos terminan cuestionando, desde posiciones opuestas, el mismo supuesto: que la integración económica por sí sola garantiza estabilidad.
Quizá esa sea la verdadera noticia detrás de los aranceles.
La economía mundial está entrando en una etapa en la que la interdependencia ya no puede separarse del poder.
Y cuando una relación económica se convierte en instrumento de presión, la soberanía deja de ser solamente una cuestión jurídica.
Se convierte en una cuestión de capacidad.
Amos Olvera Palomino
*Analista amosop@hotmail.com
@PalominoAmos