Crucigrama
¿Por qué debe uno estar obligado a saber de antemano que el enigma se va a resolver? Jules Maigret será el primero de los detectives glosados aquí que es policía...
Jules Maigret será el primero de los detectives glosados aquí que es policía. Fíjese que lo digo en presente; es privilegio de los personajes literarios o cinematográficos. Son inmortales. Los notables y los deplorables. Todos. Podrán ser olvidados, pero seguirán siendo inmortales. Sus autores, ¡ay!, no gozan de esa prerrogativa. Ellos sí pasan al pasado, mueren, aunque sus obras fueren perennes.
Simenon fue. Maigret es.
Maigret es policía, el único de entre todos los sabuesos de los que he hablado aquí, y probablemente de entre todos los que le hablaré. A los escritores no les gusta la tira. Y a los lectores menos. Es probable que no le guste a los primeros precisamente porque sienten, presienten, resienten que no le gusta a los segundos. Y por eso los consienten.
Y Maigret es francés. No es el primero. Usted lo recuerda bien, atento lector, Adolphe Dupin también debemos suponer que lo es, aunque su creador haya sido gringo. El forjador del inspector Maigret, George Simenon, tampoco es francés, es belga. A pesar de la extraterritorialidad, ambos saben de lo que hablan.
Mrs. Christie, british hasta la última gota de su flema, da a luz a Hércule Poirot, belga, pero prefiere hacer inmigrar a su héroe a la vieja Albion para sentirse más firme sobre sus pequeños pies. Ello no significa, de manera alguna, que la escritora inglesa no supiera lo que decía. Dios me guarde (me persigno). Lo sabía y de qué manera. Madame Agatha lo sabía todo.
De la misma manera, el inspector Maigret residió siempre en su tierra natal. Que era casualmente la misma en la que habitó su autor la mayor parte del tiempo, buscando, huyendo, volviendo a buscar y volviendo a huir de la legendaria e impensable Josephine Baker, de quien era amante. Eso no quiere decir que Jules no haya viajado mucho, resolviendo casos a diestra y siniestra, por el mundo entero, pero regresando siempre a su Francia oriunda.
“Resolviendo casos”, acabo de decir. E inmediatamente mis dedos se quedaron pasmados, inmóviles abajito del teclado: “resolviendo casos”. Sí, así es. En la novela policiaca, el investigador, obligatoriamente, debe encontrar al culpable. Eso no debería ser, ¿no? Como buen lector del género, me doy cuenta ahora que me gustaría que a veces el detective se la pelara. Que no resolviera el caso. Que el libro terminara en un “quién sabe”. ¿Por qué debe uno estar obligado a saber de antemano que el enigma se va a resolver? No, eso está mal. Es un abaratamiento a la gringa. Apenas me doy cuenta. Ya me emputé.
En fin, lo que debo hacer es escribir mis propias novelas policiacas y dejar de andarle ladrando a las de los otros. Perro de jardín. Ultimadamente eso es lo que soy. Bueno, ya. Pa’ qué le sigo.
Gran parte del éxito del género policiaco se debe al cine. No es el único caso. Antaño esa simbiosis fue fundamental e inextricable.
Y fue ahí, en el cine, donde vi The silence of the lambs, cuya traducción en nuestras marquesinas (ya no existen como tales, ¿verdad?) fue El silencio de los inocentes. No es que no me guste. Incluso creo que es mejor que el título original. Pero, ¿por qué pasarse por aquello que tanto duele el título original? En este caso de plano no entiendo. El autor, o el productor, se parten la cabeza durante semanas (¿meses, años?) para ponerle nombre a la obra, y aparece un burócrata cualquiera de la Dirección General de Cinematografía al que “le suena” mejor inocentes que ovejas. No se vale. Que vaya mucho a buscar por dónde ha de andar su respetable progenitora.
No leí la novela de Thomas Harris, aunque tengo ganas de hacerlo, pero el filme de Jonathan Demme es ciertamente efectivo. Demme es sobre todo autor de documentales. A lo mejor por eso. Pero la película debe su encanto, antes de otra cosa, a la soberbia actuación de Jodie Foster, en el papel de la inspectora Clarice Starling, y a ese grande que nació cuatro siglos demasiado tarde, el Dr. Hannibal Lecter... ups, perdón, Anthony Hopkins. Ya no los puedo disociar.
En El silencio de los inocentes el culpable —¡y qué culpable!— sí se les pela. Y se agradece. Pero el relato lateral se resuelve y el otro culpable encuentra su justo castigo. Penoso. Fácil y penoso. Lástima. Hollywood es Hollywood, amigo mío. Y es que el cine gringo, hágase a la idea, es como los caballos frisones: por fina que sea la avena que consuman, acabarán cagándola.
El caso es que fue mi tan indispensable como ausente hermano Carles Carlos Carles Carlos (no sé cómo chingaos llamarlo, es tan mexicano como catalán), en buena medida, el responsable de mi afición por el paperback, el libro de bolsillo en rústica, policiaco. Es un gran conocedor y durante varios años solamente leyó novelas policiacas y matemáticas. Y me convirtió a mí en un aficionado entusiasta, de las novelas policiacas y de las matemáticas.
Fue él, en mi adolescencia madura, el que me presentó a Maigret, y Maigret me presentó a Simenon. Y desde entonces el amor no ha cesado. Es un amor no cultivado, como tantos amores. Pero ahí está él, en los estantes. De la cocina a la habitación debo pasar por enfrente, y aun en la penumbra conozco y reconozco los títulos. Y a menudo los evoco. Y durante unos minutos me hace compañía la figura larguilucha, un poco quijotesca, de ese hombre solitario (¿todos los grandes detectives lo son?). Se me aparecen, cual fantasmas amfibológicos, que se vuelven inocuos ante la presencia de ese Edipo que contestó las preguntas de todas las esfinges, los grandes enigmas que ya no lo son.
Y me rodean la Tormenta sobre el Canal de la Mancha, El error de Maigret, Maigret y la vieja dama o En el norte de Bélgica. Gracias a Maigret, no a Simenon, en mi casa viven miles de personas. Hay muchos otros que colaboran al hacinamiento. Pero en general no molestan. Se acuestan junto a mí y se vuelven crucigramas de los que ya sé la solución.
