Los Coroneles

Era un poco Pedro, Pedro Coronel, un Diego Rivera con su cauda de escándalos a veces, si bebía.

Había estado pensando mucho en él, lo soñaba. El tiempo pasado entrambos fue largo, riente, aleccionador. Aprendí mucho. Lo iba a ver a su casita casi de azotea arriba de Televicentro. Pintaba ya poseso, parecía enfurecido porque de sus manos bendecidas salían unas figuras prehispánicas terribles, como anunciadoras de algo. Comíamos cositas que él preparaba y nos iba cayendo la tarde en medio de nuestra juventud.

Era un poco Pedro, Pedro Coronel, un Diego Rivera con su cauda de escándalos a veces, si bebía. Tuvo montones de mujeres enamoradas, una era bailarina, bien que me acuerdo envidiosa: faldas sobre enaguas almidonadas. Se apellidaba Fierro de Coronel ¡fíjate tú!, si no me equivoco tuvo un hijo con ella, guapísima. Pedro era difícil, como Diego, es cierto, y con todo se casaba e íbamos a sus sucesivas bodas muy contentos. Fue el titán de la pintura contemporánea; en su prodigiosa exposición del Palacio de Bellas Artes Pedro vino a mí con un traje gris elegantísimo, el salón vibraba con aquella tormenta de colores y formas. Nos abrazamos y yo le besé la mano cosa que a él lo sobresaltó. Difícilmente encuentro otra exposición tan determinante, tal vez la de Alberto Gironella con sus Zapatas, sus pacas de maíz seco y el esplendor del mundo mexico-hispánico. Dos potencias nacionales con muertes prematuras. Se fueron, y nos quedamos estupefactos sus amigos. Pedro y su matrimonio con Amparo Dávila, la gran escritora; Alberto y su casamiento con mi hermana Carmen Parra, la gran pintora. Las hijas Jaina y Lorenza… Albertito, Bárbara, Emiliano. Total, de pronto antier veo un pie de grabado donde le dan a Pedro un premio en Zacatecas. ¡Pero cómo, dice mi subconsciente si ya se murió!, no, es a Rafael, su hermano, otro pintor de aupa, mi amigo generoso y bueno, su hermanito, con el cabello ¡blanco! Mi necedad de no envejecer a mis contemporáneos conmigo, entercada en que si a mí no me pasa nada visible, tampoco a ellos. Pedro se peló y ya. Andaba su escribidora en campaña política divina en Guanajuato. Sol, mucho, calor, yo hablaba y alguien, quizá Martínez Tapia mi coordinador, me dijo al oído: “Rafael Coronel acaba de morir”. Se me desvencijaron los muebles de mi casa de muñecas interior, y la figura recia, cariñosa, leal, tierna y culta (“¡sitiado en mi epidermis!” gritaba citando a Gorostiza) me invadió debajo del alero de una casita campestre de donde salieron volando cientos a mi anuncio de su muerte. Volaron los pájaros de la tarde antes de tiempo y yo dije mi mejor discurso absurdo, lejos del político por obligación, lloré y muchos conmigo. Pedro y Rafael Coronel siguen viviendo en el DF. Pedro titán, Rafael compendio de sus Coroneles por ser tan gentilísimo y dulce. Rafael tiene la cabeza blanca ¡cómo! Aquel compañero moreno y girito de Julia López, gran pintora intimista siempre vestida de blanco tal mantel, tal colcha, tal cortina. Blanca como su preciosa alma. Recuerdos de ayer.

*Periodista y escritora

marialuisachinamendoza@yahoo.es

Temas: