Mi portero y yo (Una historia de humor)

Hay dos momentos que me ponen de buenas todos los días sin excepción y uno que me angustia todos los días sin excepción. El primer momento que me pone de buenas es cuando salgo de mi casa y mi portero me dice: ¿Qué, ya de salida? De verdad disfruto muchísimo que me ...

Hay dos momentos que me ponen de buenas todos los días sin excepción y uno que me angustia todos los días sin excepción.

El primer momento que me pone de buenas es cuando salgo de mi casa y mi portero me dice:

—¿Qué, ya de salida?

De verdad disfruto muchísimo que me lo diga. Su pregunta obvia hace que mi día lo empiece de muy buen humor.

Y a diferencia de la demás gente que me hace preguntas tontas, él no provoca que mi mente fabrique respuestas sarcásticas.

Por ejemplo; a poco no es increíble que te vean llorando y te pregunten:

—¿Estás llorando?

Dan ganas de contestar:

—No, la niña de mis ojos ¡se está orinando!

El fin de semana pasado pedí una pizza para cenar y ver una película. Supongo que el olor de la pizza y el volumen de la televisión hicieron que mi hija se despertara, me fuera a buscar a la sala de tele y cuando vio que en la caja sólo quedaba un pedazo de pizza, me preguntó:

—¿Es el último pedazo de pizza papi?

No lo pude evitar y le contesté:

—No mi amor, los otros pedazos están escondidos por toda la casa. ¡Búscalos! Los escondí para que vayas practicando y encuentres antes que nadie tus huevos de Pascua.

No, no me leas así. Tienes toda la razón, soy un mal padre y te juro que estoy arrepentido de haber dicho lo que dije… Nunca volveré a decirle una cosa así a mi hija… a menos que de verdad le haya escondido los pedazos de pizza por toda la casa.

Me regalaron (como broma porque le voy a Pittsburgh) una sudadera de los Vaqueros de Dallas que sólo me pongo porque la neta: sí es muy cómoda y no me importa si se me mancha cuando como espagueti o me lavo los dientes. Al frente y atrás tiene una estrella azul gigante.

El miércoles salí a tirar la bolsa de la basura, me encuentro a mi vecino y me pregunta:

—¡Wow! ¿Es la sudadera nueva de Dallas?

Disfruté contestarle:

—No, es el uniforme del observatorio astronómico al que acabo de entrar a trabajar.

El segundo momento que me pone de buenas es cuando llego a mi casa y mi portero me dice:

—¿Qué, ya de regreso?

Lleva cuatro años diciéndomelo y nunca he sentido ganas de contestarle nada sarcástico. De hecho, me emociona que me lo diga.

Y el momento que me angustia todos los días es cuando mi portero me dice:

—Buenas noches señor, que descanse.

Nunca sé qué contestarle. Porque si le contesto: “igualmente” estoy siendo sarcástico y puedo ser sarcástico con todo el mundo, pero al portero de mi edificio lo respeto porque lleva cuatro años poniéndome de buenas.

Porque seamos honestos: ¿cómo va a descansar si se va a estar despertando y levantando de su silla para abrir la puerta del estacionamiento cada vez que uno de mis vecinos llegue o salga durante la noche y la madrugada.

Por eso cada vez que me dice: “Buenas noches señor, que descanse.”

Siempre le contesto: “Ya te dije que no me digas señor, me llamo Héctor.”

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