Error 503

Service Unavailable

Incógnitas del extranjero

París está marcada en mi piel. Es mi hábitat animal en el más profundo sentido de la palabra, es mi zoológico personal, mi jaula propia.

París para mi es el centro, la matriz, el lugar amniótico donde me siento a salvo. Porque soy extranjero, que es el estatuto que más amo, me diluyo en esa increíble variedad de habitantes de todos los orígenes, de todos los rincones del planeta, de todos los mestizajes, pobres, ricos, miserables. Aquí llegué de 20 años, aquí estudié, aquí aprendí a vivir, a conocer el mundo, a relacionarme con gente de todos los colores y tendencias y aquí he vivido los momentos más felices y los más terribles de mi vida. París está marcada en mi piel. Es mi hábitat animal en el más profundo sentido de la palabra, es mi zoológico personal, mi jaula propia. No porque sea bella y esté llena de historia, sino porque en ella he vivido la mayor parte de mi vida para bien o para mal.

Llegué a París en abril de 1974. El primer día decidí guardar las maletas en un locker y caminé todo el día solo. A mediodía me bajé del bus Air France en la explanada de Invalides y vi por primera vez el Sena, el Grand Palais con sus cúpulas verdes de hierro, el Louvre, la emblemática Torre Eiffel, imágenes tan familiares de tanto haberlas visitado en los libros. Comenzaba la  primavera. Acababa de morir el presidente Georges Pompidou. Compré Le Monde y Le Nouvel Observateur y empecé a caminar, aunque los amigos franceses que me esperaban estaban preocupados por mi “desaparición”. Esa misma semana ellos me mostraron los tugurios donde vivían hacinados como bestias los árabes que llegaron después de terminar la guerra de Argelia. Ahí descubrí el lado oculto de este país racista y que los negros y los árabes eran humillados y discriminados. Y las terribles heridas que habían dejado en los franceses tantas guerras perdidas.

Después de seis años me fui a Estados Unidos. Uno de los años más felices de mi vida los pasé en California, en 1980. Primero en Los Ángeles, donde viví con unas amigas en una casa en Loma Drive, cerca de downtown, el San Bonaventure Hotel y la vieja bliblioteca municipal. En esta última leí por primera vez en inglés Lolita de Nabokov. También estuve en un festival de cine en Century City y ahí vi al gran Joseph Losey. Asistíamos a maratones nocturnos de cine, por ejemplo series de películas de gladiadores o de guerras bíblicas y debates con jóvenes y viejos cineastas.

En la UCLA asistí a una conferencia de Octavio Paz y tuve una primera visión de la cultura sincrética mexicana, pero lo más importante fue descubrir la soledad de los mexicanos y los chicanos, la miseria de los trabajadores inmigrantes. Había playa y rock and roll, pero esa tristeza de los trabajadores, ese culto al trabajo, los salarios de miseria, el dominio del dios automóvil en las autopistas, me impresionaron. Por eso me fui de ahí a San Francisco, donde primero viví en el Hotel Western de la calle Leavenworth, cerca de Market street, con sus chicanos y low riders.

Era un mundo de película, marginal, terrible y maravilloso a la vez. Inmigrantes chinos, camboyanos, filipinos. Droga y miseria en las calles, pero también mucha cultura alternativa. Después viví en una casa en Berkeley, en Virginia Street con unos estudiantes y con amigos entrañables, viví una vida de balneario bronceándonos en Lake Anza y montando en bicicleta por la Bay Area, junto al Golden Gate. Berkeley todavía vivía las remanencias del hippismo y en los bares uno podía de repente ver a Carlos Santana o a su hermano haciendo solos de guitarra o grupos punk como Dead Kennedys. Además trabajé para el censo de Estados Unidos y ahí tuve oportunidad de conocer gente de exilios y de diásporas. Era cerca del puerto, por Van Ness street, junto a esas calles hermosas por donde cruzaban los tranvías. San Francisco es inolvidable, el París del Pacífico. Una ciudad sísmica que fue destruida en 1906, anclada en un arquitectura victoriana y en la modernidad de los rascacielos junto al mar.

Hubo un momento en que a pesar de vivir en ese extraño paraíso, sentí la necesidad de volver a un país hispánico donde pudiera escribir y publicar en revistas y periódicos y emprender la escritura de unos libros. Estados Unidos es muy pragmático, todo el mundo habla de dinero, ahorrar, trabajar, acumular y ese no era mi objetivo. Entonces de un día para otro compré el boleto barato en el vuelo de Mexicana llamado Tecolote o La lechuza, avión nocturno donde regresan los inmigrantes y me fui a México Distrito Federal, donde viví tres lustros inolvidables. Pero después de mucho tiempo era necesario regresar a Europa, que de nuevo era una incógnita, después de la caída del Muro de Berlín. Quería volver a vivirla desde otra perspectiva y ver las transformaciones de la ciudades y su gente.

Ahora las revoluciones vienen sorpresivamente del mundo árabe. Antes los edificios parisinos eran ruinas interiores y no los habían limpiado desde el siglo XIX. Ahora es un museo, todo lo limpian y lo renuevan cada año, cada esquina, monumento, estatua, gárgola, lo pulen día a día. Es un imenso museo o un escenario para los 60 millones de turistas que vienen cada año. Pero hay que huir de la escenografía y conocer la inmensa pobreza oculta, los errantes miserables sin domicilio fijo, como llaman hoy a los clochards. Frecuentar los barrios de extranjeros, negros, paquistaníes, chinos, indios y asistir a sus fiestas multitudinarias como la que se hace en honor del dios elefante Ganesha o la celebración del Año nuevo chino. Por eso no me arrepiento de este largo periplo, pese a las incógnitas que genera el viaje permanente.

Temas: