Paulina Pineda halla en Princeton las raíces de su familia zapoteca
La mexicana obtuvo la prestigiosa beca Fulbright, que reconoce el trabajo de estudiantes de excelencia en posgrado; podrá continuar el aprendizaje del diidxazá que le fue prohibido hablar a sus abuelos cuando migraron primero a Arriaga, Chiapas, y después a la capital del país

Le acaban de conceder a la mexicana Paulina Pineda, en Estados Unidos, la prestigiosa beca Fulbright, que reconoce el trabajo de estudiantes de excelencia en posgrado. Con esa beca, volverá a recorrer y conocerá más a fondo la región donde nacieron sus abuelos paternos en el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca.
Durante años, Paulina creció sin conocer sus raíces zapotecas e indígenas. Hace más de medio siglo, sus abuelos salieron del pueblo para migrar a la ciudad. Dejaron a un lado la lengua en que se conocieron y aprendieron a quererse, para hablar sólo español. Con esperanza, internalizado el miedo frente a la discriminación y el racismo, para proteger a la familia escondieron las fotografías, ocultaron los huipiles, dejaron de cantar los sones, silenciaron su lengua diidxazá.
Hace un lustro, durante su labor de investigación del doctorado en Literatura Comparada en la Universidad de Princeton, viajó a Juchitán y comenzó a encontrar indicios familiares que desconocía, a acercarse al conocimiento de sus ancestros. A través de las letras de una canción supo —porque antes nadie se lo dijo o no lo consideraron importante—, que su nombre lo eligieron su abuelo y su tía, la hermana mayor de su padre, en honor al son istmeño Paulina, cuya letra dice: “Cuando tú bailas el son, ay, Paulina, no estás pisando el terrado. Tú pisas mi corazón, ay, Paulina…”.
Cuando Paulina inició su trabajo de investigación en el Istmo de Tehuantepec, la persona que más se hubiera emocionado de platicar con ella y leer su trabajo, su abuelo paterno, ya había fallecido.
La literatura primero me permitió regresar, a través de las palabras, a esos espacios que nos fueron negados. La historia de mi familia es la de muchas otras familias que se habían olvidado de su origen o lo negaron para evitar reconocerse indígenas frente a la discriminación. Fue vivir en un silencio brutal sobre el lugar de donde venían mis abuelos para que todos ‘estuviéramos bien’. La propia educación nos dijo que nuestras raíces no valían, que debíamos ir a otros sitios para encontrar valor”, dijo Paulina en entrevista con Excélsior.
Hoy, con la beca Fulbright, Paulina reunirá fragmentos de su propia historia familiar, mientras continúa el aprendizaje del diidxazá que le fue prohibido hablar a sus abuelos cuando migraron primero a Arriaga, Chiapas y después a la capital del país.
Recorrerá los mismos senderos que su abuelo se vio forzado a dejar atrás al migrar a la gran ciudad, para documentarlos y poder regresarles una mirada y un valor distinto.
Entonces, esos lugares que eran de dolor y de pérdida en el pasado; ahora se convierten en un sitio en donde yo encuentro a mi abuelo, a mi familia. Eso que creíamos que eran espacios vacíos en nuestra genealogía, al mirarlos bien, descubrimos que realmente son agujeros para sembrar semillas en la tierra”, aseguró Paulina.
Fulbright es el programa educativo de posgrados más importante del gobierno estadunidense. Sus becas se caracterizan por la altísima calidad académica y el liderazgo de quienes las reciben. Prueba de ello es que entre la comunidad de exbecarios Fulbright a nivel mundial hay 86 premios Pulitzer y 60 premios Nobel.
Han pasado casi ochenta años desde que, en 1946, el senador por Arkansas, J. William Fulbright, llegó a la conclusión tras la Segunda Guerra Mundial, que había devastado Europa y hundido las economías de medio planeta, de que debía promoverse el inicio de una época en la que la tolerancia y el entendimiento mutuo fueran suficientes para evitar nuevos conflictos.
En palabras del senador y creador de esta beca que lleva su nombre, el programa “aspira a traer un poco más de conocimiento, un poco más de razón y un poco más de compasión a los asuntos internacionales y por tanto, incrementar las posibilidades de que las naciones aprendan a vivir en paz y amistad”.
Paulina vivió la adolescencia en la Tijuana nocturna, asolada por el toque de queda y por el crimen. Fue criada por su abuela materna y por su padre, quien tuvo que migrar en varias ocasiones para encontrar trabajo. Excélsior contó por primera vez la historia de Paulina en 2019, cuando obtuvo la beca para estudiar su doctorado en Literatura Comparada en la Universidad de Princeton.
Paulina cruzó la frontera norte para alejarse del horror de la violencia originada por el crimen organizado y para estudiar una carrera técnica.
Después, al concluir, trabajó como mesera y lavando baños en las oficinas para costearse sus estudios de licenciatura, un tiempo incluso como indocumentada. Ese tiempo y esos oficios sirvieron para atemperarla.
El único refugio que Paulina encontró sufriendo racismo en Estados Unidos y escuchando a muchos diciéndole “regrésate a tu país”, era traer a la memoria a toda esa gente que creyó en ella y con palabras que la alentaban a tratar de ahogar todas esas voces que intentaban reducirla o menospreciarla.
Cuando Paulina fue aceptada para estudiar el doctorado en Princeton, a sugerencia de una de sus profesoras de la carrera técnica, con quien estudió en San Diego, California, escribió un correo para alentar a los alumnos que, como ella, todavía creen imposible graduarse de la escuela.
En ese correo, lo primero que Paulina escribió a los estudiantes fue que disfrutaran el camino y que tuvieran apertura, porque hacía cinco años, ella no podía haber imaginado que llegaría a Princeton, para aprender y unirse a los esfuerzos de revitalizar la lengua indígena de su abuelo.
En ese contexto de 2019, el doctor José Antonio Pérez Islas, coordinador del Seminario de Investigación en Juventud (SIJ) de la UNAM, afirmó que cuando la ausencia del Estado es tan evidente, como sucede en nuestro país, por lo menos en las últimas décadas, lo único que queda para poder agarrarnos es la comunidad.
Estamos seguros de que ninguna historia de éxito, como la de Paulina, se construyó sola, porque nada se logra por azar, es necesario cobijar a nuestros jóvenes. Debemos comenzar por abrazar a las nuevas generaciones y crear nuestras propias oportunidades, pero dejarlo de hacer desde la individualidad, pues sólo haciendo equipo lo vamos a poder lograr”.
Ahora Paulina sigue los pasos de la profesora que la alentó a postularse a una licenciatura mientras estudiaba la carrera técnica.
Paulina ha ejercido como docente en Community College, donde sus alumnos de estratos económicos bajos, algunos migrantes como ella, cursan carreras técnicas de uno o dos años: programación de computadoras, enfermería, diseño de modas, administración de hoteles y restaurantes, nanotecnología, fotografía comercial.
A sus alumnos, Paulina les presenta no sólo a los grandes y clásicos autores como Shakespeare o Víctor Hugo, también les acerca a conocer a creadores afroamericanos, latinos e indígenas, que describen relatos en contextos actuales, más parecidos a sus realidades. Ella busca inspirarlos y les comparte su propio recorrido.
Lo que me interesa es que mis alumnos se puedan acercar a esos problemas que también son suyos y aprendan a expresar de manera escrita aquellas injusticias que viven en sus comunidades”.
Sólo el uno por ciento de los doctorados en Estados Unidos lo cursan los latinos.
Y creo que eso está mal, tenemos que aplicar mucho más a esos buenos proyectos, que solamente desde nuestras posiciones y lazos afectivos y la consciencia de nuestro origen podemos desarrollar. La academia también debe articularse desde diferentes lugares y volver a adoptar el conocimiento que se nos ha arrebatado o negado”, aseguró.
Paulina ha logrado conectarse con el conocimiento y con sus raíces. Mujeres indígenas han sido muy valiosas en su vida, como Na Felipa, la madre de su pareja, pues le han compartido su vida y sus historias con las que imagina lo que sus abuelos no le pudieron contar. Además, por ejemplo, de enseñarle a usar huipil como se porta en el Istmo.
Las personas indígenas, desde Siberia, de Alaska y de Juchitán, Oaxaca, con los que ha tenido la oportunidad de convivir, le han dicho que están aquí para compartir y transmitir a las nuevas generaciones eso que nunca pudieron compartirles sus ancestros.
En la familia de Paulina se acabó el voto de vergüenza y de silencio. Se abre hacia el orgullo de la historia familiar, luego de toda la genealogía negada. Sus tías sacan de los baúles los huipiles y le comparten las fotografías que estuvieron ocultas por años para presumirlas a todo el mundo.
Mirando en la lejanía, Paulina concluye: “Me doy cuenta de que lo más hermoso que he encontrado en estos últimos años es la cultura zapoteca, algo que siempre estuvo ahí, guardado en los baúles, y dentro de mí”.
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