Mario Vargas Llosa; letras, peligro de dictaduras

El Premio Nobel de Literatura 2010 inauguró las actividades de América Latina en la FIL donde habló de los riesgos que representa la escritura para los totalitarismos y los dogmas

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GUADALAJARA.

Muchos creen que la literatura es inofensiva y que su existencia no es más que un entretenimiento extraordinario. Pero no es así. La literatura es un peligro para las dictaduras, el germen que conspira contra las instituciones del Estado, un riesgo para los dogmas y las dictaduras, un factor que contribuye al progreso y a disminuir la violencia en las relaciones humanas, a despertar el espíritu crítico en los ciudadanos y propicia el progreso de la humanidad cívico, político, social y cultural, aunque sea muy difícil de mostrarlo.

Así lo dijo ayer el narrador y ensayista Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936), durante la apertura del Programa Literario de América Latina, dentro del primer día de actividades de la 30 Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL). “No es una casualidad que todas las dictaduras religiosas, ideológicas, laicas o de cualquier índole, hayan visto siempre en la literatura un peligro y que hayan tratado de controlar este quehacer imaginativo, estableciendo sistemas de censura, prohibiciones, y una vigilancia muy estrecha”, expresó para luego recibir una nueva ovación.

Un ejemplo claro de este control sistemático sucedió durante el tiempo de la Inquisición, dijo el autor de La fiesta del chivo, dado que a lo largo de tres siglos coloniales América Latina no produjo novelistas, aunque eso no fue por falta de inspiración, sino por las prohibiciones de la Inquisición en las colonias españolas.

Es un hecho misterioso que nunca se ha aclarado del todo: ¿por qué la Inquisición prohibió que se publicaran y se importaran novelas a las colonias hispanoamericanas? La razón que daba la Inquisición era que esos libros de aventuras –muchas veces disparatados–, podían distraer la atención de los nativos de las preocupaciones centrales, como el alma y la trascendencia, lo que representaba un peligro para su adoctrinamiento religioso”.

Los inquisidores advirtieron, con un olfato muy certero, que la novela representaba un peligro para lo establecido, y no es que las novelas apartaran la imaginación de los indígenas de los problemas fundamentales –los relativos al alma, al pecado o la virtud–, sino que exponerlos a la ficción producía un malestar en el ciudadano que, de alguna manera, conspiraba contra las instituciones del Estado. Y yo creo que en esto los inquisidores tenían mucha razón”.

Pero esa razón fue más bien un pretexto que ocultó la verdadera alarma que representaba la novela para los inquisidores, quienes prohibieron eficazmente su publicación y creación durante 300 años. “No así en el caso de la lectura, donde hubo un contrabando intenso, al punto en que los primeros ejemplares de El Quijote llegaron a Lima, Perú, escondidos en unos toneles de vino”, tal como demostró el hispanista estadunidense Irving A. Leonard.

Lo cierto es que cuando uno vive en una sociedad abierta, democrática, donde los libros circulan, uno se ríe de estas aprehensiones porque la literatura parece totalmente inofensiva, pero basta que uno haya vivido en una dictadura para que descubra que en la novela empiezan a filtrarse aquellas cosas que en la prensa o en la enseñanza están rigurosamente prohibidas, detalló.

Y en ese escenario, la novela utiliza complicadas metáforas para realizar cuestionamientos sobre lo que existe y lo que es el nombre. “Por eso considero que ésta es la gran contribución de la novela al progreso de la humanidad; la novela nos presenta un mundo siempre mejor, sobre todo si la novela es bien lograda”, dijo.

Por último, el autor de La ciudad y los perros, Conversación en la Catedral y El sueño del celta, habló sobre la literatura de Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Juan José Arreola y Julio Cortázar y abordó largamente el boom literario, de la cual se asumió como su último heredero. “Así que cuando me vaya apagaré la luz y cerraré la puerta”.

NO ES MALA PERSONA

Durante la conferencia, acompañada por Raúl Padilla, el también narrador Héctor Abad Faciolince describió al peruano-español como un gran escritor y una buena persona, un escritor misterioso que nunca morirá porque no deja de dar sorpresas literarias a sus lectores.

Es cierto que hay grandes escritores que son malas personas, como Paul Celan, Knut Hamsun y Giovanni Papini; y buenas personas que también son grandes escritores como León Tolstói, Denis Diderot y Marguerite Yourcenar”.

Vargas Llosa es un gran escritor, pero hay quienes no comulgan con sus ideas porque dicen que es conservador y, por tanto, mala persona. Pero yo creo que su vida, sus actos y sus escritos nos dicen que es un gran escritor y una gran persona, así que en él se juntan el gran escritor y la buena persona”.