'Hay que descreer de los ilusionistas': Juan José Rodríguez

El escritor mazatleco Juan José Rodríguez habla en entrevista de su más reciente novela, La novia de Houdini, publicada por editorial Océano

CIUDAD DE MÉXICO 25 de octubre.- En Mazatlán, la llamada Perla del Pacífico, hubo alguna vez un hombre que se robó los elefantes de un circo. Para esconderlos los llevó al faro del puerto donde trató de mantenerlos, pero la sed los atacó y no quedó más remedio que darles a beber agua de mar. Los paquidermos enfermaron de gripa y finalmente fueron localizados, “se pusieron bien flacos hasta que los atraparon”, dice el escritor Juan José Rodríguez (Mazatlán, 1970).

A principios del siglo XX, la ciudad sinaloense era un hervidero de personajes del espectáculo: “Mazatlán, como otros puertos del país, recibió una gran cantidad de visitantes, de inversionistas, de estafadores y pillos; es un punto de encuentro muy peculiar, el puerto creció mucho por el desarrollo minero que hubo en la región sur de Sinaloa y eso provocó una gran ebullición y una gran cantidad de presencia de espectáculos”, afirma el novelista.

Durante la década de los 20 y 30 del siglo pasado, agrega, la prensa registró “la gran cantidad de milagreros, adivinos, santos, santones, toda una caterva de personajes que llegaban; hasta había un reglamento para que los artistas callejeros se comportaran en la ciudad”. Atraído por el tema de lo mágico, el misterio y lo oculto, Rodríguez comenzó a documentarse sobre esos personajes que poblaron su ciudad.

Ahí encontró germen su nueva novela: La novia de Houdini (Océano, Hotel de la letras, 2014), un relato vertiginoso, que también encuentra asidero en el misterio y la intriga, donde habitan magos, escapistas, acróbatas o lanzadores de cuchillos, una historia que narra las aventuras de “un escapista y un grupo de magos que van de pueblo en pueblo haciendo su bisne y quieren llegar a Mazatlán a robar joyas, porque saben que hay un nivel económico muy alto”.

El ser humano, dice, “siempre tiene interés por lo mágico, por el misterio, por lo oculto; yo tengo siguiendo el tema desde hace diez años, este libro es una compilación de muchas vivencias vistas, oídas y leídas en el estudio del mundo de la magia y también de la prestidigitación —que no es lo mismo la magia que se practica como un acto de cambiar universos que el de los trucos de mano o los efectos que se practican para crear una ilusión en escena—”.

La esencia de la historia del  autor mazatleco tiene que ver con esa posibilidad, la de entender la magia como una manera de cambiar el universo propio. “Mi premisa es contar que todos tenemos un destino de ocasiones marcadas, fijas: nacer en un sitio, servir, tener hijos y morir; hay gente que toda su vida vive en una cuadra o en un poblado, y pueden ser muy felices y realizados, pues no hay nada como una vida tranquila y apacible”.

Pero hay gente, asegura, que rompe eso, que se sale de ese molde: “Yo siento que quien rompe ese destino prefigurado es el que hace realmente magia y todos los personajes de mi novela son personajes que nacieron en un entorno, rompieron el cordón umbilical y se lanzaron al mundo. Creo que la magia nace de ese andar en tropa, eso es lo que te vuelve un ser distinto y que la gente que te ve actuar y trabajar también percibe esa magia”.

¿Nos hace falta la magia como país?, se le pregunta. “Más que magia, nos hace falta dejar de pensar en ilusionistas, no dejar de ver los trucos que aplican los personajes que están encumbrados en el poder y ser menos ingenuos; así como el ilusionista nos hace creer que parte en dos a una mujer, nos pasa con los candidatos en campaña: creemos que lo que dijeron en escena lo van a lograr y no es así, debemos dejar de creer en el ilusionismo y recuperar la magia que tuvo este país siempre en su cultura, su tradición y sobre todo en valores que se están difuminando como el soplo de un charlatán que anuncia un falso futuro”.

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